
Pozos en la playa de Sopelana. Euskadi.
El mayor pozo que he hecho en una playa me llevó a remover una inmensa cantidad de arena, usar parte de ella para levantar un muro circular de contención, reforzado con algas, y después desviar el curso de una escorrentía. El ingenio tenía unos nueve metros cuadrados, no era cualquier cosa. Fue hace unos cinco años, en la playa de Carrizo, esa perla que luce la playa gallega de Pantín.
Tuve en cuenta las mareas y mi hija disfrutó de aquel pantano durante unas cuantas horas. Cuando la marea estaba casi llena, el muro de contención convirtió el pozo en un atolón.
Entonces nos fuimos, sin mirar hacia atrás. Había sido un día precioso y no quisimos ver cómo el mar volvía a poner las cosas en su sitio.















El mar siempre pone las cosas en su sitio. Recuerdo que cuando veraneaba en Hendaya (no sé si has estado alguna vez, la marea sube y baja bastantes metros y dan bastante margen a las construcciones de arena) que nos dedicábamos a hacer montículos, que aguantaban más que los pozos. Y tras estar unas cuantas horas enteras para esa labor, y tras disfrutar estando encima mientras el agua nos rodeaban, también los abandonábamos sin tristeza, sin maldecir lo efímero de la construcción.