Dos semanas ante la caja de luz seleccionando imágenes en las que el factor humano estuviera presente.
Viajando en el tiempo, en la cápsula demasiado impermeable en la que en ocasiones convierto la habitación donde trabajo, olvidaba el objeto de mi búsqueda ante los negativos de una fiesta de hace veinticinco años, o ante la plancha de diapositivas de una caminata por la tierra de Cameros, o la imaginación se deslizaba sobre la abstracción de una colección de tomas aéreas verticales.
Debía centrarme en lo que buscaba, el factor humano de mi trabajo fotográfico, pero tampoco quería renunciar a los recuerdos que no cesaban de asaltarme, a jugar con ellos. La mesa de luz es el diván y el archivo la carga personal. Falta el psiquiatra, que uno mismo no vale. Para cubrir ese papel introduzco en escena versos de los siguientes poetas y las siguientes obras:
- Charles Pierre Baudelaire. Spleen e ideal, primera parte de Las flores del mal.
- Juan Arteta. Entre el water y la sala, entre el sol y las estrellas.
- Paul Verlaine. Poemas saturninos y Cordura.
- Carlos Zanón. Tictac Tictac.

Autorretrato con paseante. Tenerife. Islas Canarias.
En un apéndice, y ante el resultado final de la selección fotográfica, tanto en lo escogido como en lo descartado, certifico algunos aspectos de mi trabajo:
- Tendencia hacia la soledad en entornos habitados. Demasiadas tomas de detalle. El discurrir del tiempo puede llevar al absurdo visiones que hace años parecían lógicas: Una ventana abierta y una cortina al viento, la boca de una alcantarilla, tres gorriones sobre un cable eléctrico, el reflejo del sol en una señal de prohibición. Tal vez busco la poesía sin saber de mi incapacidad por llevar a la fotografía hacia una meta tan complicada.
- Ruralidad. Mis fotos urbanas son escasas y muchas acusan el contrapicado característico de una visión primeriza, hacia arriba y con la boca abierta. Asombrado, sí, pero siempre buscando vías de escape hacia espacios abiertos. Que la ciudad me resulte ajena cada vez que acudo a ella, no significa que no la conozca.
- Práctica de una modalidad rechazada por muchos de los profesionales de la fotografía, la del “voy paseando y a ver qué pesco”. A estas alturas no voy a cambiar la costumbre, entre otras cosas porque antes de empezar a sacar fotos ya soñaba con caminarme media docena de vueltas al mundo. Si la fotografía me importaba un pimiento entonces, no puedo afirmar que eso no volverá a ocurrir. La vida y el viaje se disfrutan de modo más nutritivo sin llevar encendida en todo momento la alarma visual.
- Gusto del contacto físico con la película original de las imágenes analógicas y desconcierto ante la inexistencia de un soporte físico en las imágenes digitales. Soy un inmigrante digital, o un exiliado analógico, y siempre tendré presente de dónde procedo.



