Versos de Carlos Zanón. Tictac Tictac (Ediciones Carena, 2010).
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Hay poca lujuria hoy en Nunca Jamás.
Oye voces dentro de sí el desconocido,
y habla de dejarlo todo y seguirle,
de que tener ocho años es un crimen,
-algo que todo el mundo
sabe y también olvida-,
y de amigos que se conjuran
horas antes de besarse entre olivos.
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De este agujero no nos sacarán
a menos que nos digan quienes somos.
Que nos llamen por el nombre
que figuraba en aquellos cuadernos
de caligrafía en puntos azules,
que nos aseguren, en definitiva,
que nadie, bajo ningún concepto,
nos reñirá por regresar a casa.
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No hay que mirar abajo
ni acercarse a ninguna jaula:
el hambre hace a los leones
proclives a grandes confidencias.
Es ésta sólo una maldición vulgar,
Incluso si uno lo piensa,
pobre hasta lo solemne,
sin conjuro ni libro de pócimas:
la vieja te espera cada noche
en su ruidosa cama de estaño
para revisarte ambas rodillas
y untarlas de manteca y sangre,
para exigirte de ese modo
que sigas probando ir y venir
por esa cuerda, abismo de los años.
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y no hay épica en cenar solo
y prometer odio eterno al resto
de los hombres, a los programadores
de la parrilla televisiva.
No hay ejército al que traicionar,
no hay amigos ni amantes
ni apenas nada más que esa voz interior
que creíste Dios y sólo era el eco
del sordo retumbar de los relojes
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Deberías saber que jamás
te hospedarás en hotel alguno
que se haga llamar Waldorf Astoria,
que nunca matarás al Rey
ni Madonna maullará en tu oreja.
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Soportaría perder
mis ciudadelas y todos mis barcos,
pasar a fuego
los cinco continentes,
pero no soportaría dejarte ir
sin un último beso.
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Hay algo divino en todos nosotros,
algo que, a propósito,
dejaron los dioses olvidado.
Algo quedó en las viandas
medio podridas que fueron asadas
entre marfil y sílex.
Es divino ese fascínate don de acertar con la
persona errónea hasta hacernos fanáticos de
creer que es la solución a nuestro acertijo,
aunque como supondréis, acabe siendo un búcham.
¿De qué nos sirven, avezados náufragos,
los polos y los ecuadores,
los trópicos y hasta los meridianos
si al mirar los mapas desplegados
a la luz de un candil que agoniza
la tinta forma arpones
sobre mil ballenas blancas,
vuelos de ave, augurios
y hasta tumbas de indios tatuados?
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Si pierdo tu rostro lo pierdo todo.
Es algo que sé desde hace tiempo.
Por eso, ya de niño, me forzaba,
en el aire dulzón de las aulas,
a dibujar la cara de mi madre,
su olor cada mañana.
Por eso si olvido el trazo,
el surco del lápiz
en la lámina rugosa,
lo pierdo todo.
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La máquina de huesos se detiene:
el niño no crece ya más,
las niñas se hacen madres
y nadie sabrá nunca
el final escondido en los cuentos.
El amor petrifica, roba los relojes.
El insomnio del PC enemigo
en su agujero de heces, plástico
y agua estancada alrededor
de un deseo alambicado como hiedra.
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Pobre Dean Martin amartillado
contra la barra de la única coctelería
en la que aún sabían quién era,
cual era su nombre.
Pobre Jesucristo, lúcido en la cruz,
solo, vendido y asustado,
con esos cielos que no se abren,
esos ángeles que no aparecen
ni a la de tres, entre dos ladrones
y una madre, a sus pies, llorando
porque no llegará a tiempo
de ver su programa favorito.
¿Qué no daría yo por volver atrás
y hacerlo igual de mal?
Reventar cuerpos y cerraduras,
entallar la vida a mi sombra
y jugarlo todo a una única noche.
¿Qué no daría yo por acabarlo todo antes
en el momento justo,
el instante preciso
en que todo el mundo
aún conocía mi nombre?
……………………………

Las operaciones de estética
visten el desorden y la rebelión
con cualquier cosa que se pague.
Ayúdeme, de mesa en mesa,
vendiendo gramos o cedés,
flores, poemas, frases hechas.
No tengo nada con que afrontar
esta derrota que es la vida.
Sólo mitología y manos sucias,
recetas químicas y harapos de pasión
que cada vez cuestan más
y saben a nada.
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Doce del mediodía.
Los ángeles se perfuman
en el pañuelo de un niño
que hace ciudades y pirámides
sobre la misma arena
en la que se esconden
muertos y cangrejos,
el agua bendita que mana,
el mito del eterno retorno.
Doce del mediodía.
La eternidad es un mensaje
enviado a lo más lejos.
No olvides nada, no trates de recordar.
Los muertos sólo son aquellos
que no van a acudir
a las próximas mil citas.
Nada más ni nada menos que eso.
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Versos de Carlos Zanón. Tictac Tictac (Ediciones Carena, 2010).




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