Versos de Juan Arteta. Entre el water y la sala, entre el sol y las estrellas. (1994. Editorial Atalaya de Artaza).
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Tatuaje.
Estás esperando casi mansamente,
casi solidario imaginar de pronto el viernes
a las dosymedia de la tarde y de pronto
te cae el lunes con quemaduras en la espalda.
Tres días de pollo y ensalada,
de blasfemia controlada con los niños.
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Salto al agua. Donostia-San Sebastián
Hay días que en la mañana te encuentras
con la puerta amurallada y sales por la ventana.
Ni un pelma en el patio, ni noticias ni café.
Entonces vas al mar,
a aquella arena blanca de Corfú,
o a visitar Kenia con pantalón corto y salacof.
Berlín se te vuelve transparente
y en París no te cobran la cerveza ni el vermouth.
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San Fermín del Brasil.
Sería un cielo con alcantarillado fino,
todos los semáforos en peatones pasen,
igual a sus pies salvia o tomillo o algo de eso,
todas las caras correspondiéndose el saludo
y caminando por el muelle hacia las dos y media.
Ni un barrendero ni una puta,
ni una hoja en el asfalto ni unas ganas de follar.
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Marea negra del Prestige. Nemiña. Galicia.
Blande el hipócrita el sueño.
La clase media acompaña
con un croissant al universo.
Aúlla insistente el gato, el mismo gato.
Es noviembre, las 7 a.m., hay luna llena.
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Oficina de hechos. Sopelana. Euskadi.
Que usted señor en su oficina mira el reloj
y se le atrasa, que tiene que pelear
con los tampones de urgente y los recibos
para sentir en un momento, sobre las cinco,
que es usted libre
y hacia las seis en casa se lamenta,
es de sobra conocido.
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Puente del Arenal. Bilbao.
Hay el pasillo eterno, quizás interno,
de la casa.
Hay un momento diario de tomar
de la manilla de la puerta,
de la manilla de la ventana.
Hay un cruce abajo,
un mar de gente por mucho tiempo.
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Hombre. 1999.
Es normal que pase lo que pasa
y que cuando pase acumules
cierto odio entre los dientes.
Es normal que lo escupas diariamente,
sobre todo en tu casa, con los tuyos,
es absolutamente normal.
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Dos amigas. Playa de Doniños. Galicia.
Si es verdad que he de estar en algún sitio,
prefiero sentirme húmedo, mojado de rocío.
Sin ocultar el vello de mi pecho.
Sin arañar un pedazo de hermosura.
Sin tener que posponer pon ningún beso,
un segundo precioso de humedad.
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Anciano en Taghazout. Marruecos.
Ahí está, amor, el secreto eterno,
el desvelo humano que me consta sobrevive
austero bajo un pedazo de algo entre lamentos.
Está en ser siempre el mismo cabello lacio,
la mirada triste que escupe amor y odio.
Siempre el mismo andar,
la misma sombra negra
derramada sobre la tierra muda.
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Senko Karuza. Escritor croata.
Con la mirada expectante y somnolienta,
pues eso,
un tipo expectante y somnoliento y nada más.
Y con la risa, riso.
Y con el día, dío.
Y con la luna, luno.
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Danza del emú. Australia.
Empecemos a hablar del hombre, de su sombra.
Del hombre átomo,
aquel del crepuscular comienzo
que gritaba espuma y fuego
sobre la araucaria y el helecho,
de aquél ocaso que transformo al hombre
en coirón y pasto. Ya sabéis.
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