La cueva

Mural en el centro de interpretación de las cuevas de Altamira, Cantabria.

La cueva donde vivía Epelde estaba en una posición estupenda: ladera sur, protegida del viento y a pocos metros de un riachuelo. Pero no era suya, sino de Tarttalo. Un día, Tarttalo habló con Epelde y le dijo que tenía que largarse.

– ¿Por qué?
– Eres demasiado posesivo. Temo que un día te quedes con la cueva.
– ¿Y a quién vas a meter que cuide esta cueva mejor que yo? – preguntó Epelde, incrédulo ante la situación.
– A Urrutia – respondió Tarttalo.
– ¿A Urrutia? No jodas, que yo llevo viviendo aquí cien años.
– Hay más cuevas, Epelde. Busca por ahí.
– Urrutia no tiene ni idea de lo que es una cueva como esta. Te la va a descojonar.
– Eso ya lo veremos.
– Lo haces porque no está mi hijo.
– Tu hijo no cuenta – dijo Tarttalo.
– Claro que cuenta –  afirmó Epelde.
– Si quieres que cuente para algo enséñale a hablar de una vez o te acabará sacando los ojos a ti   también.
– Te vas a cagar.
Pero Tarttalo ya lo tenía decidido y Epelde tuvo que largarse. Urrutia entró a vivir a la cueva y al día siguiente, cuando salió a por agua al riachuelo, tuvo que esquivar el primer cepo.