Isla de La Graciosa. Canarias

Nueve kilómetros de largo por cuatro de ancho en la Macaronesia

Del libro Crónicas del salitre (La Circular Ediciones).

Vista aérea de La Graciosa. Islas Canarias. WU PHOTO © Willy Uribe

El archipiélago de la Macaronesia existe. Aunque su nombre nos traslade a  aguas del Océano Pacífico, se encuentra en el Atlántico. Sin duda más de uno de vosotros ha estado en él y no lo sepa. La Macaronesia , un término griego que significa islas felices, comprende los archipiélagos de Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde. Veintiséis islas mayores y quince menores repartidas a lo largo de tres mil kilómetros de la parte meridional del Atlántico Norte. Lo más parecido a los arrecifes de Polinesia e Indonesia que tenemos cerca de casa ahora que Occidente va a complicar su vida y la de los demás y nos lo pensaremos dos veces antes de subir a un avión.

Una de esas islas menores en las Canarias era mi destino. Una isla sin asfalto, llena de olas, de sol y de luz. Nueve kilómetros de largo y cuatro de ancho creados durante la era cuaternaria a raíz de sucesivas erupciones volcánicas y con unos bajos rocosos perfectos para el surfing. La isla es pequeña y las diferentes posibilidades de viento y mar se combinan en distancias muy cortas. No hay más que subir a alguno de los pequeños volcanes y estudiar la costa, en algún lugar soplará off-shore. Viajé hasta allí con mis viejos mapas escala 1: 5000. Doblados y sobados, algunos de ellos con equis marcadas en determinados puntos de la costa, otros sin marca alguna pero con sugestivos nombres y buenas orientaciones; Playa de la Cocina, Punta de la Herradura, Baja del Ganado, Punta del Hueso. Uno puede soñar con esos nombres y, si cuadra, jartarse a coger olas en ellos.

Los Cartagineses la llamaron Junonia Menor. Nosotros la conocemos como isla de La Graciosa, situada frente a la costa de norte de Lanzarote. Los fenicios fueron los primeros en dar con ella. Los romanos también la conocieron, posiblemente hacia los siglos II y III. Después la isla se sumerge en el olvido hasta que los árabes vuelven a dar noticia de su existencia. Más tarde serían los genoveses quienes la visitan en el XII, después portugueses, catalanes y normandos, hasta que en el XIII pasa a poder de la corona de Castilla. Primero bajo el estatus de feudo señorial y después como tierra de pastos comunal. Esta pequeña isla estuvo desabitada hasta finales del XIX, cuando una factoría de salazón de pescado, arruinada hace décadas, se instaló en la costa sur. Hoy viven en la isla unas 500 personas, dedicadas a la pesca o al incipiente turismo que comienza a visitar el lugar, incluido junto a otras pequeñas islas vecinas en un parque natural. Caleta del Sebo es el nombre del único pueblo de la isla, un nombre que rememora los tiempos en que los barcos piratas recalaban en las escondidas playas de la costa sur para reparar sus embarcaciones.

Hay muchas historias sobre piratas en esta isla. Muchas de ellas protagonizadas por corsarios ingleses que encontraban en estas aguas un refugio ideal para atacar a los galeones españoles que llegaban de América a Canarias cargados de oro y plata. En 1581, Agustín de Herrera, marqués de Lanzarote, enterado de la presencia de cuatro navíos ingleses que pretendían allí construir una galera de catorce remos por banda, armó una milicia que se dirigió a la isla y logró vencer a los ingleses. O las andanzas de George Clifford, quien en su última expedición se dedicó a recorrer la isla y no encontrando nada que saquear se dirigió después a Arrecife. Por supuesto no faltan las historias de tesoros, algo normal en un lugar frecuentado por aventureros de todo tipo. Según la leyenda, hasta 1820 se distinguía en la fabulosa montaña de Armida cierta señal que indicaba el lugar donde un famoso corsario inglés había enterrado el fruto de sus saqueos. Y desde luego ya han sido varios los intentos por hacer realidad esa leyenda, todos ellos infructuosos.

Pasado el tiempo, el verdadero tesoro de esta isla ha resultado ser ella misma. Sus playas, su tranquilidad, la riqueza de sus arrecifes, el color y la forma de sus olas, sus pequeños conos volcánicos de colores, unos amarillos, otros rojos. Pero también sus gentes. Su tenacidad por vivir en un lugar al que aman pero al que la electricidad no llegó hasta 1985 y el agua corriente en 1990. Y su empeño en mantener lo que es suyo, porque la isla fue codiciada por señores feudales, condes, marqueses y corruptos varios, que pretendían acabar con su estatus de tierra comunal para pesca y pastos y por lo tanto perteneciente al pueblo. La vida fue muy dura aquí hasta hace bien poco y eso forja el carácter. Algo así como un pueblo pesquero de las Hébridas pero con sol todo el día, con aguas más cálidas y ligeras y con un paisaje digno del mejor spaghetti-western.

Pero todo eso podía haberse arruinado. Esta pequeña tierra estuvo apunto de cambiar su rostro de haber prosperado un proyecto que manejó la dictadura de Franco. Después de que en 1964 el estado se apropiara la titularidad de la isla tras numerosos pleitos, en 1969 se promulgó una ley que autorizaba al Ministerio de Información y Turismo a convocar un concurso público para la promoción turística de la isla. Es decir, convertirla en una víctima más del monstruoso desarrollo turístico español. El ministro de Turismo de aquellos oscuros años franquistas era Manuel Fraga, quien hoy es presidente de la comunidad autónoma de Galicia y tal vez uno de los responsables del naufragio del Prestige (hay cosas que no cambian en la España más profunda) El plan era dotar a la isla con 20.000 plazas hoteleras, paseos marítimos, carreteras y toda clase de infraestructuras. Afortunadamente las condiciones del concurso eran tan duras que el plan no salió adelante. Pero aun así los proyectos para unir a la isla con su vecina, más grande y más desarrollada, continuaron adelante. Se planteó un puente, un macro puerto, un túnel, un aeropuerto e incluso un teleférico, todos ellos desechados afortunadamente. Hoy en día, y esperemos que así continúe (los mismos habitantes de la isla así lo desean), el único modo de acceder a la isla es por el servicio de ferry, dos veces al día si las condiciones del mar lo permiten.

En 1867 la isla estuvo en venta. En aquel año, un tal Edward Belknap, fue comisionado por el Gobierno norteamericano para solicitar al Gobierno español el establecimiento de una colonia de pescadores de los Estados Unidos por un periodo de 99 años, ofreciendo a cambio cinco millones de pesetas (30.000 euros) Unos doscientos colonos americanos se trasladarían a la isla, que serviría de base a la flota pesquera americana deseosa de echar sus redes en el banco sub-sahariano. El trato estuvo a punto de llevarse a cabo debido a las urgencias económicas españolas en aquella época de declive colonial y al poco interés que despertaba la isla, apenas un peñasco para los gobernantes españoles. Pero debido a imposibilidades legislativas no hubo acuerdo y la isla no pasó a dominio USA. De haber sido así, seguramente ahora los 27 km2 de esta pequeña isla serían el soporte de una base militar y sus olas propiedad del cuerpo de marines.

Ahora las cosas parecen más tranquilas. La catalogación de la isla hace ya más de quince años como Parque Natural y recientemente como parte de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote, seguramente ayudará a que continúe manteniendo sus valores naturales. Las normas no permiten, por ejemplo, más de cincuenta camas en las pequeñas pensiones de la isla, y esto hace que los precios suban, porque el lugar invita a quedarse y la demanda excede la oferta. 45 euros por noche es el precio acostumbrado, algo más si se consigue uno de los pequeños apartamentos disponibles. Una buena política para mantener alejadas a las multitudes y tranquilas las olas sin tener que recurrir a actitudes localistas. Aquí es posible surfear solo en algunas de las mejores olas europeas. Puedes elegir la fuerza bruta de los arrecifes del oeste o las olas perfectas de la costa sur, pero también puedes coger tu tabla y caminar por el desierto del Vallichuelo hasta las olas desconocidas de la costa norte y después del baño subir a la Montaña Amarilla, contemplar la grandiosidad del paisaje que te rodea y dar gracias por estar allí.

Comments

  1. Pues querido amigo surferillo, mucho cuidado si vuelves a La Graciosa con los cíclopes que por alli campean, vaya ser que de un solo pejetazo te veas atrapado en una base americana con Bin Laden, y sin el de la zodiac que te recoja.

    Destacar de la gastronomía local el orujo de cangrejo, el solomillo de cíclope, la placenta y el semen dulce de cabra

    • En relación a ese comentario diré que éste año pude ir a la Graciosa, y que había plaga de Cíclopes por que éste invierno se vé que no ha llovío lo suficiente, al igual que mosquibras, menos mal que el recepcionista de los apartamentos nos enseñó una oracion para rezar y que no nos atacaran.

      Lo mejor de la isla son sus mujeres y las sobacas de las mismas

  2. Extraordinario. Si ya amaba esta isla, todavía más al descubrir lo cerca que estuvo que todo se echara a perder para siempre.