Escribir un libro, tener un hijo y…

Willy Uribe. Tamil Nadu, India. 2007.

Según el dicho, esas son las tres “cosas” que debe hacer una persona para tener una vida completa e irse a la tumba con la ingenua certidumbre de que ha dejado su sello para las generaciones futuras. Exactamente lo que dijo Cicerón por boca de Catón el viejo: “Sembró un árbol en beneficio de otra época”.

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En 1986, siendo un chaval de 21 años, logré publicar un libro de relatos con la ayuda del Taller de Escritura de Algorta. Era mi primer libro, debería haber ido por la calle dando botes de alegría, orgulloso de ello. Extrañado, comprobé cómo mi estado de ánimo se acercaba a los cero grados. Entonces pensé: “Eres un chaval que no tiene ni idea de lo que la vida le reserva. Estás pelín asustado pero intentas disimularlo, y aunque hayas escrito un libro sabes bien que eso no tiene valor alguno”. Era la verdad, una que nunca me había planteado con seriedad y que el escritor que en mí comenzaba a intuirse dibujaba crudamente. “¿Y ahora?”
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Entonces planté el árbol. Un pequeño pino de Navidad al que tras quitar el espumillón y las bolas de colores quise salvar la vida. Pasé un par de días recorriendo las campas de Algorta en busca de un buen lugar para que creciera tranquilo y fuerte, para que al cabo de los años se convirtiera en un señor pino y yo pudiera llevar ante él a mi hijo y, con mi libro de relatos bajo el sobaco, comenzar a saborear los beneficios de una vida completa. Encontré un buen lugar cercano a la iglesia de Los Trinitarios. Era un amplio solar rodeado por un muro viejo, de los de musgo en invierno, lagartijas en verano y puerta de hierro forjado. Había también una casa, de buena planta pero abandonada, como muchas casas en Getxo en aquellos años; un par de palmeras, algunos magnolios y muchos arbustos viejos, pequeños en altura pero con troncos muy robustos. En un rincón protegido del norte cavé un agujero, planté el pino y lo aboné con todo el mimo posible. Era de noche. La luna de febrero. Según me dijo un colega, la mejor época para plantar árboles.
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Por supuesto, lo de tener un hijo aún no entraba en mis planes. Ya entonces me tomaba la vida a largo plazo. Había mucho que ver y mucho que escribir, dos acciones que huyen de las prisas. Así que cada semana me acercaba a visitar a mi pino y comprobaba que todo le iba bien. Me decía: “Un libro y un pino. Y el hijo para cuando ya no pueda abrazar al pino en todo su perímetro”. Pasaron los meses y llegó la primavera. Yo sonreía confiado. Abril aguas mil, pensaba. Le darán fuerzas, ya no tendría ni que abonarlo. Pero con la primavera llegó también la realidad en forma de excavadora. Sucedió con rapidez, todo el mismo día. Cuando llegué allí, el viejo muro de piedra se había convertido en una desalmada valla metálica y el cadáver de mi pino descansaba, anónimo, en una fosa llena de ramas, hojas y raíces. Junto a ella, en un gran cartel, un fotomontaje mostraba las viviendas que se construirían allí y las empresas que trabajarían en el negocio. Ahora, cuando ya tengo una hija de cinco años y podría haber completado el dicho, cada vez que veo el cartel de una promoción urbanística, aquel pequeño pino vuelve con fuerza a mis recuerdos y me digo:
– Qué pequeño eres, qué insignificante y qué ingenuo, pero qué grande es tu vanidad.
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