Literatura y Fotografía. Reflexiones e historias de Alfredo García-Francés

García Francés y Mordzinski. Bilbao..
La última edición de este primer semestre de 2009 de los Diálogos con la Literatura, organizados por la bilbaína Biblioteca de Bidebarrieta, trataba de la relación entre Literatura y Fotografía. Los dialogantes eran Alfredo García-Francés, escritor y Premio Nacional de Periodismo en 1984, y Daniel Mordzinski, fotógrafo especializado en el retrato de escritores.
Me fue encargado el papel de moderador, pero una vez finalizado el acto supe que mi verdadero rol había sido el de espectador. Opiniones, anécdotas, sentimientos, imágenes (espléndida y magistral galería de retratos la que mostró Daniel), textos, experiencias… apenas tuve que abrir y cerrar la charla, el resto fue disfrutar. Una vez finalizado el encuentro, Jon Kortazar, escritor, profesor y crítico literario, le puso la guinda convirtiéndose, como no, en fotógrafo.
El texto que publico a continuación son las reflexiones de Alfredo García-Francés a un pequeño esquema que le envié semanas antes de la celebración de este diálogo sobre la relación entre Literatura y Fotografía. Alfredo, nacido en Bilbao y mitad español mitad colombiano, está hoy en día volcado con la literatura, pero su experiencia como fotógrafo es tan dilatada que fue durante años editor gráfico del periódico El País.

El acto de escribir es hurgar en la memoria. El acto de fotografiar, rescatar un reflejo inmediato y convertirlo en memoria.

No tiene porque ser sólo hurgar en la memoria. Escribir también es fantasear, proyectar hacia el futuro la vida de los personajes. Fotografiar en prensa es enfrentarse a un segundo de historia y petrificarlo, detenerlo.

El acto de escribir es solitario. El acto de fotografiar, en muchas ocasiones, multitudinario.

Tanto el escritor como el fotógrafo están asociados con el viaje, la búsqueda, pero creo que hoy es más un cliché, una pose romántica, que una certeza. Escribir no tiene porque ser necesariamente una experiencia tan solitaria como el vicio del mismo nombre. Para escribir hay que investigar, preguntar y, ahí, aparece el viaje. Por otra parte, las nuevas tecnologías hacen que el escritor pueda abandonar su habitación, sin salir de ella, para pasearse por esa gigantesca y maravillosa plaza del pueblo que es Internet.

El fotógrafo de prensa muchas veces trabaja entre multitudes, cierto, y a menudo hostiles, violentas o recelosas, le compensa el deseo de ver en directo lo que los demás verán el la televisión. Pero también, en el autorretrato, o la naturaleza viva o muerta, puede caer el fotógrafo en el ejercicio creativo de la masturbación solitaria.

La fotografía que no se toma y el sentimiento que no se escribe.

¿Una foto sin hacer? ¿Problemas de conciencia? Nunca. Por lo menos en el ámbito donde yo he desarrollado mi trabajo como fotógrafo y editor gráfico. Porque un fotógrafo de prensa, si lo es de verdad, carece de conciencia. Y, si tiene conciencia, no tiene trabajo porque las empresas periodísticas consumen imágenes duras. Haciendo aspavientos, eso sí. Por lo tanto, por donde pasa un reportero con la cámara es tierra quemada, porque está acostumbrado a no asumir la tragedia de las gentes que están sufriendo a su alrededor. Imposible asumir la angustia de todos sin enloquecer.
En la escritura el sentimiento que no se escribe puede tener más que ver con la autocensura muchas veces determinada por las modas o el gusto imperante creado por la industria del libro. Agentes literarios, editoriales y grandes superficies marcan la tendencia orientando el gusto del lector. La literatura, tampoco es una industria ingenua. Al final, libros y fotos, son mercancías, unos productos de consumo más.
¿Un retrato fotográfico puede llegar a condicionar la figura de un escritor determinado o al menos reforzar algún tipo de leyenda?
El ejemplo más a mano que se me ocurre es el de Hemingway con su jersey de lana, asociado para siempre a El viejo y el mar.
La pipa de Sartre, Valle Inclán con su chalina y su larga barba, la bufanda de Umbral, la Beat Generation y su desaliño, el malditismo alcohólico… Puede, si la personalidad el escritor y del fotógrafo son más bien arrolladoras.
¿Existen escritores que, a modo de celosas estrellas de cine, cuidan su imagen hasta el punto de poner condiciones al fotógrafo?
Estamos en la era de la dictadura de los asesores de imagen y los escritores, los banqueros, empresarios y artistas, si tienen poder para ello, todos quieren controlar su representación gráfica. Su iconografía. Evidentemente, no siempre lo consiguen. Son frecuentes las llamadas a los archivos por parte de los secretarios personales, agentes literarios, para que se retire y no se publique de nuevo alguna imagen que desagrada al fotografiado. Si la petición es razonable por cortesía se accede bajo la premisa de “eso es imposible, bueno, por ser para ti, pero me debes un favor”.
¿Qué experiencias habéis tenido, como fotógrafos, a la hora de retratar a escritores?
Yo no he fotografiado demasiados escritores, pero, a través de Alfredo Bryce Echenique y de mi trabajo, si he tenido contacto con ellos. Como Sánchez Dragó, Jean Baudrillard, Carmen Posadas, Valerie Tasso, Gustavo Bolívar, Rosa Montero, Maruja Torres, Arturo Pérez Reverte, Manolo Vicent…   y algunos de los jóvenes escritores de El País, José Antonio Jiménez, Paco Peregil y Enric González.
Mi pieza de caza mayor como escritor es la amistad que me une desde hace más de cuarenta años con Alfredo Bryce. Mi preferido entre los escritores ha sido siempre mi compañero de El País, ya fallecido, Carlos Gurméndez, filósofo y ensayista, autor de mi libro de cabecera “La melancolía”. Javier Sádaba, el portugalujo con quién comparto afición por los programas de la prensa del corazón.
Sánchez Dragó, el de las mujeres en las cabinas de teléfonos. Manolo Vicent, con quién compartí tantos viajes y que me enseñó a observar la vida sentado en el hall de un hotel de lujo. Terenci Moix y nuestra salida a buscar un novio negro en Picadilly, las broncas por el tabaco. He fotografiado a Mario Vargas Llosa, el papá de mi querida Morgana, fotógrafa criada a mis pechos. A Tuñón de Lara, las más bella sonrisa bajo una blanca cabellera. Arturo Pérez Reverte en Libia.
Respecto a los poetas… Ángel González, el poeta de la bella mujer gringuita envidiada por todos. Javier Elorrieta, el amigo poeta con el que he compartido tanta intimidad. Mi querido Alfonso Armada, poeta comprometido con todo, desde África hasta el gallego. Santiago López Navia, cervantista ilustre y entrañable amigo, profesor del que tanto aprendo. Mi divertido amigo, Monsieur de San Foy que, a veces, regala sonetos en mi blog.
La falta de retratos fotográficos de un escritor. Sin retratos, un escritor no tiene otra imagen que la de su escritura. ¿Cómo puede influir esa falta en el desarrollo de una carrera literaria?
Hoy no es un hecho frecuente. Cualquier escritor modesto puede usar las redes sociales, las páginas web, you tube, los blogs para dar a conocer su imagen con un gasto mínimo. Sería distinto un autor que oculte su rostro, por ser huraño, caso de Salinger, o por puro marketing.
El sujeto fotografiado (el personaje) y el contexto ¿En qué modo contribuyen a ampliar, o mermar, el significado de una fotografía?
A todos nos acompaña nuestra circunstancia. El ideal para fotografiar a un escritor es respetar la suya, y dependiendo del arte del fotógrafo, potenciarla, dramatizarla con la luz, el aislamiento, o incluso crearle una nueva si no chirría.
¿Técnicas fotográficas que puedan tener alguna similitud, ya sea en lo práctico como en lo simbólico, con técnicas narrativas?
No sabría explicar ni definir qué son las técnicas fotográficas y narrativas. Llevo escritas cinco novelas, he ganado un Premio Nacional de Periodismo, he dirigido la edición gráfica de un gran periódico y, toda mi técnica, en ambos casos, ha sido hacer lo que me sale de los adentros. Con naturalidad.
El acto de fotografiar, el proceso, como generador de experiencias narrativas.
A lo largo de su historia, ambas, literatura y fotografía, han interaccionado en periódicos, revistas, llegando en tiempos recientes a un producto, la fotonovela, que despertó un gran interés en fotógrafos y escritores. Fracasó. Hoy son los libros de autor el producto estrella de las dos primas hermanas.
Cuando fotografía y texto alcanzan una conjunción acertada.
Cuando me preguntan la archisabida cuestión, ¿una imagen vale más que mil palabras? Sólo puedo contestar que ambas ejercieron siempre sobre mí, una mutua seducción, que en la actualidad se decanta más por la palabra.
El archivo fotográfico como historia de la literatura, no como recurso. ¿Se podría argumentar un estudio literario únicamente con la información que nos frece la fotografía?
Siempre habrá un estudioso dispuesto a hacerlo, igual que siempre habrá un científico maduro para inventar una vacuna, o una puta preparada para satisfacer a un cliente.
Ahora mismo estoy recordando un libro de Julio Cortazar, con fotos suyas, sobre un viaje que abordó en furgoneta. Creo que su plan era pasar unos cuantos días sin salir de la autopista. Las fotos de ese libro me parecieron absurdas, casi garabatos. Pensé que alguien como Cortazar debería hacerlo mejor. Lo que me demuestra que literatura y fotografía son dos artes independientes que a veces avanzan en paralelo e incluso llegan a fusionarse para crear nuevos rincones de expresión.
Juan Rulfo, es otro ejemplo de escritor fotógrafo, autor de exposiciones y publicaciones de fotografía en el Instituto Indigenista de México.
“Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver”. Pedro Páramo.
.