Sobre palabras, realidades y violencia.

Sobre palabras, realidades y violencia. WU PHOTO © Willy Uribe
El significado que toman las palabras depende en mucho del entorno en el que sean pronunciadas y del aliento del que procedan, además de quien las escuche, por supuesto. La palabra paz, pronunciada por alguien que apoya la violencia como chantaje a la sociedad, no es la misma paz en la que yo estoy pensando. Y cuando escucho la palabra presos, pienso en ciudadanos condenados por sus delitos, no en personas dignas de admiración.
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Existe otra palabra que también tiene significados variables. Es el tiempo. Para el independentismo vasco de carácter violento, por ejemplo, el tiempo es un calendario que vuela. El mejor ejemplo que ofrece a los jóvenes de Euskadi es una cadena de crímenes. El futuro, años de estancia en la cárcel. La consecución de su quimérico estado vasco independiente necesita incautos y peleles, pero de esos van quedando menos. Sus miembros lo saben muy bien, pero en su necedad, en su tremenda ignorancia de la realidad, son incapaces de  plantear nada que no sea sufrimiento.
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Hace poco, leí un artículo de Alfonso Sastre, conocido escritor y dramaturgo español, en el que opinaba sobre el problema de la violencia terrorista en Euskadi. Entre las reflexiones que hacía el autor, encontré esta:
La buena prosa profundiza en la realidad y abre en ella los caminos de la verdad y la justicia”. Una frase grandilocuente que líneas después se adorna con el enrevesado y estéril concepto de “la realidad de lo verdadero”. La realidad la conozco porque es mía. La verdad es algo que me queda grande y que me huele a liturgia religiosa. En cuanto a la justicia, solo espero de ella que cumpla el papel que la sociedad le ha encomendado.
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El constitucionalismo y el nacionalismo podrán lanzarse todos las puyas dialécticas y todos los reproches que quieran, pero los dados de la derrota de ETA ya están sobre la mesa y han caído a nuestro favor. Ahora queda que reconozcan que la partida ha acabado, que entreguen las armas y que se sumen al juego parlamentario, una herramienta que su analfabetismo social les impide admitir. Se tomarán su tiempo, qué duda cabe. Ya sabemos que a los militares criados en el franquismo les cuesta masticar la derrota.
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