Lucas Volkov. Iluminando un fantasma

Lucas Volkov. Poetas Imposibles

Poetas Imposibles. Lucas Volkov. Escritor español nacido en Madrid en 1930 y desaparecido en Siberia en 1972.

Iluminando a un fantasma

La vida de Lucas Volkov es un misterio que el tiempo ahonda aún más. Con la ayuda de Masha Ivanovna Fuentes, una vieja amiga de San Petersburgo, he podido rastrear algo de su biografía y de su obra. Esta última ha llegado hasta nosotros del modo más rocambolesco que pueda imaginarse.
Su biografía administrativa es escasa. Nació en Madrid el 30 de junio de 1930. De padre desconocido, su madre se llamaba Teresa Sánchez y trabajaba de cocinera en un colegio de los jesuitas. Al estallar la guerra, Teresa Sánchez se alista como voluntaria en las milicias del bando republicano y es destinada a la cocina de campaña de uno de los regimientos que defienden las posiciones de la sierra de Guadarrama, al norte de Madrid. En 1937 Lucas Volkov es evacuado a Rusia, convirtiéndose en uno de los miles de niños de la guerra españoles que jamás regresarían a España. Su edad le libró de las carnicerías ocurridas en el frente oriental de la guerra en Europa. Pero en cuanto tuvo la edad suficiente, le llegó la factura. No la pagó y en 1947 fue juzgado por rebeldía y confinado en Surgut, una ciudad situada junto al río Obi, en Siberia Occidental. Trabajó como forzado durante veinticinco años y después desapareció. En los registros oficiales se deja entender que su rastro se perdió tras una fuga, pero cabe la posibilidad de que fuera ejecutado. Estas palabras son las últimas que escribió antes de desaparecer.

Tengo lejos los gritos, blanda la memoria, parco el haber. Perdido el vigor tras los sueños que aún sueño, que ya no persigo.

El estilo de Lucas Volkov está condicionado por dos elementos fundamentales para un escritor: el papel y el lápiz. Lucas no tenía acceso a ellos. Todo trozo de cuartilla que llegaba a sus manos era aprovechado al milímetro. Era un poeta, pero debía componer como un narrador.

Obra y vida diaria

Los pocos textos que existen de Lucas Volkov nos han llegado de un modo sorprendente. Fueron rescatados dentro de una botella en el río Obi por una muchacha que lo cruzaba en uno de los transbordadores. La muchacha, de la que desconocemos sus datos, los tuvo en su casa durante treinta años. Hasta que mi amiga Masha llegó a Surgut, lugar donde cumplió condena Lucas Volkov. La muchacha, ya no tan muchacha, supo que Masha era descendiente de españoles y le entregó los textos que guardaba. No son muchos, los que caben en una botella de vodka de tres cuartos de litro. Pero Lucas sabía ser escueto y efectivo.

Son cuatro las paredes del jardín: Plomo, Pesticida, Patio y Presidio.

Masha regresó a San Petersburgo, donde reside, y se puso en contacto conmigo. Eso sucedió en 2002. Han tenido que pasar ocho años más para que la historia de Lucas Volkov me interesara de veras y para que Masha encontrara el tiempo necesario para traducir los textos al castellano, ya que están escritos en ruso. Un retraso disculpable, al fin y al cabo Lucas Volkov no es más que una sombra desaparecida en Siberia. ¿Y por qué me interesó? Sencillamente, porque Lucas Volkov arrojó esa botella al río Obi desde su celda con la esperanza de que alguien leyera los textos que había dentro. Y porque es una escritura que estremece.

Esta es mi vida: El sonar de la campana en el pasillo, en un sótano junto al río. El hombre que ayer se lanzó a sus aguas. Los pechos de aquella chica bailando bajo la blusa, porque es verano. El puré que como. El sol que consigo, que lo robo de afuera, y me lo quedo dentro, con cuidado, que los barrotes no le hagan sombra. Y mi cuerpo, que es el mismo que salió de Madrid, pero yo lo siento más pequeño, abajo, junto a la tabla. Donde el frío y yo dormimos.

Siberia Occidental, donde se asienta Surgut, es una basta área completamente lisa y con abundantes lagunas. El clima es continental y muy riguroso en invierno. La cercanía del río Obi asegura una humedad continua.

Rebeldía y rencor

He encontrado dos textos que dan fe de la rebeldía y el rencor, aunque el autor niegue esto último, que nutren gran parte de la obra de Lucas Volkov. Este que reproduzco a continuación es un de los pocos que llevan fecha. Es de 1970, dos años antes de desaparecer.

Si existe un lugar donde perder la memoria, donde se rompe el odio, qué bueno poder luchar para llegar hasta él y destruirlo.

No sé descifrar el motivo por el que Lucas Volkov no dató la mayoría de sus escritos. Una fecha ocupa poco lugar en un papel. Aunque tal vez ocupe demasiado, un espacio insoportable, en la mente de un hombre condenado a cadena perpetua. Porque esa era la condena que soportaba Lucas Volkov.

¿Por qué odio? Descartadas la envidia, la ira y el rencor, me queda la palabra. Odio porque puedo expresarlo.

Sin duda había momentos de menos tensión. Entonces Lucas Volkov se dedicaba a describir lo que veía desde la ventana de su celda, aunque fuera un horizonte poco vistoso.

Por el norte acecha el viento. Tras él, segando el horizonte, esperan los bloques de lluvia. De mientras, huele a pescado viejo y a barcos que viven en el río.

Un mientras demasiado largo, lejos de todo lo conocido, aunque para Lucas Volkov eso nunca fue mucho. Su obra no tiene asideros geográficos de entidad excepto la propia cárcel, donde ingresó a la edad de diecisiete años. Como mucho, algunas referencias a Madrid y al colegio moscovita donde vivió desde su llegada a Rusia.

Su apellido

Nada se sabe sobre el origen del apellido Volkov en la biografía de aquel crío de siete años que abandonó España vía puerto de Valencia. Su madre se apellidaba Sánchez, pero era madre soltera. Eso pesaba mucho entonces, también en la Unión Soviética. Masha me sugiere que tal vez Lucas fue adoptado por algún marino soviético durante la travesía que les llevó hasta Odessa, en el Mar Negro. Por otra parte, la madre de Lucas había fallecido semanas antes de que Lucas partiera. No es algo imposible, pero no existe ninguna base documental para afirmarlo. Sea como fuera, con un apellido u otro, el destino de Lucas Volkov se dibujaba con claridad.

Un carcelero ha tropezado y una botella rueda por la escalera. El ruido que produce es aburrido, poco original, un ruido tonto. Debe haber llegado a la mitad. El ruido se mantiene sin cambios. El carcelero da una voz, pero no la entiendo. Mi interés se concentra en la botella, que ya llega al final de la escalera para abrazar el desastre.

Tampoco sabemos con qué nombre ingresa Lucas Volkov en el colegio de Moscú en el que vivió, como si fuera otra cárcel, hasta los dieciséis años, edad a la que fue llamado a filas por el ejército soviético. Lo que sí es seguro es que Lucas Volkov ya tiene ese nombre cuando es condenado y confinado en Siberia.

Soy Lucas Volkov y estoy sentado en el suelo de esta habitación que no ves. Tú, aunque no lo sepas, alimentas mi espíritu y mis pensamientos. ¿Cómo podré pagarte si nada tengo? Soy Lucas Volkov y te doy las gracias desde el suelo de esta habitación.

La monotonía y la fuerza

Los días se hacían duros en la cárcel siberiana de Surgut. En un lugar como aquel, con celdas individuales de aislamiento con una ventana y una litera, los trabajos que en ocasiones debían acometer los presos eran para ellos una bendición. Pero eso ocurría rara vez, porque Lucas Volkov no estaba recluido en un campo de trabajo, él había entrado allí para que su vida se borrara. No lo consiguieron.

Supongo que nos ocurrirá a todos. El sentir el cuerpo ido, sin nada dentro. El arrastrarse de la línea de sombra por la pared y cerrar los ojos para sentir que no estás, que no vas a volver.

En esas condiciones es sorprendente la fortaleza de Lucas Volkov tanto en lo físico como en lo psicológico. Explorando sus textos no aparecen síntomas de enfermedad. Una sencilla cita escrita en el dorso de una etiqueta de cerveza, siempre aprovechando el espacio, hace pensar en un hombre fuerte en todos los aspectos. Y muy lúcido.

Conozco el dolor y el ansia, pero no quiero disfrutar con ello. Para vivir mejor sólo pido salud y vida.

El amor desde la ventana

No hace falta una gran inventiva para imaginar el paisaje que Lucas Volkov contempló desde la angosta ventana de su celda. Un gran río cruzando con lentitud una llanura inmensa, un pequeño tramo de la orilla norte de ese río y las barcazas que en ocasiones cruzaban ante la cárcel. Poco más. El elemento humano estuvo casi ausente durante los veinticinco años que Lucas Volkov estuvo preso.

Hace mucho tiempo que no toco a una persona. Imaginar una caricia me cuesta tanto como imaginar el olor del pan caliente.

Aun así, Lucas Volkov pudo conocer el amor. Lo encontró en la figura de una joven a la que de vez en cuando veía viajar en una de las barcazas.

Y vuelvo a hablar de tu sonrisa, la llamo a gritos pero no me oye. Se disuelve en la espuma del río, más lejos aún de tu piel.

El amor que encontró fue de los que duelen por su imposibilidad, pero Lucas Volkov no perdió la oportunidad y pudo vivir un tiempo de un modo diferente: tenía algo con lo que romper su aislamiento, algo en lo que entretenerse.

Llevo días buscando los rincones, las sombras, los recovecos más frescos. Todos para ti.

Parafraseando a Miguel deCervantes, algo que demuestra que su paso por el colegio moscovita fue decisivo no solo para salvarle del analfabetismo, sino para ir bastante más allá, escribe estas frases donde mezcla ironía, realidad , fantasía y pasión.

Metafísico estoy, ya que no como. En los pies el ánimo y en la cabeza el culo. No como, metafísico estoy. Divago, estrujo y me saco el jugo, que bebo y veo, camufladas entre las brumas, formas, risas y pasiones.

Masha, mi contacto en Rusia y primera admiradora de Lucas Volkov, me sugiere que la mujer de quien se enamoró puede ser la misma que recogió sus manuscritos cuando flotaban dentro de una botella en el río. Es un planteamiento demasiado romántico que me resisto a admitir. Pero Masha insiste en ello. Dice que conoce el alma rusa, pero se olvida de que Lucas Volkov no tenía otra patria que su propio cuerpo, un espacio perdido ya y para siempre.


Poetas Imposibles – Puesta en valor de propuestas poéticas imposibles. Énfasis en la sutileza y la furia.
Un programa del Fondo Poético Internacional ejecutado por los Detectives Poéticos.