Carlos despierta de su siesta en la playa

Hossegor, France.

Aquella primavera, disfrazada de invierno por los vientos del norte, solo dejó un par de días de playa. El pequeño Carlos, hijo de unos conocidos, despertó de su siesta y comenzó a hablarme.

–         Mi madre es tonta, no hace nada bien – dijo, de sopetón y sacudiendo la arena que el viento había acumulado en su cabello -. Papá siempre le chilla y ella se encierra en el baño y luego no quiere abrir la puerta.

La madre de Carlos parecía sestear apenas a tres metros del pequeño. Su padre leía una revista del corazón algo más alejado. Quedaba poco para la marea alta, entonces el agua quedaría casi a nuestro alcance.

–         Una vez, papá chilló tanto que mi madre se encerró y no salió en mucho tiempo.

¿Por qué un niño de cinco años me contaba esa historia? ¿Por que no le dije que callara?

–         Papá dio golpes en la puerta. ¡Sal de ahí, sal de ahí!, le chillaba a mi madre. Pero ella solo decía, ¡déjame en paz, déjame en paz!

Carlos tenía una voz incisiva, como de cornetín de firmes. La madre tuvo que escuchar a su hijo, también el padre.

–         Después papá fue a la caja de herramientas y cogió el martillo grande y empezó a dar golpes en la puerta.

Intenté desviar la atención del crío, que hablara de cualquier otra cosa. Su madre aparecía demasiado estática como para estar dormida y su padre no pasaba las hojas de la revista. Aquel momento no tenía otra voz que la de Carlos.

–         ¿Hacemos un muro de arena? – le pregunté.

–         Pero mi madre le tiene miedo a mi papá y no salió hasta la mañana siguiente, cuando papá ya se había ido a trabajar.

–         Vamos a hacer un muro para que no lleguen las olas, venga.

–         Ahora esa puerta ya no está. Mi papá llamó a un carpintero y pusieron una nueva.

Su padre cerró la revista, se levantó y dijo que iba a dar un paseo por la orilla. Al instante, como si la estela de su marido fuera un antídoto contra la inmovilidad, su madre hizo lo mismo pero en sentido contrario.

–         ¿Hacemos un muro? – insistí.

–         No me apetece – dijo el crío.

Observó cómo se alejaban sus padres y después se levantó para sentarse en la silla de su papá. Al menos no se interesó por la revista.

Comments

  1. Gracias.

  2. Desde que Lolo respira, ve y oye, me afectan demasiado estas historias.
    Me es imposible ver a los niños de Haiti, Thailandia, etc. llamando a sus padres entre los escombros.
    Las lagrimas me llegan a rebosar, y tragar saliva se hace una dura tarea.
    Es un tópico, que creí que nunca saldría de mi boca, pero desde que nació mi hijo, soy otro.
    Y no puedo dejar de verlo en esas caras rotas de niños rotos, con un futuro roto.
    Espero que los padres de todos los Carlos recapaciten.
    Valientes cabrones están hechos y hechas…

  3. precioso willy… por triste que sea el tema.
    9

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  1. […] Carlos despierta de su siesta en la playa willyuribe.wordpress.com/2010/03/09/carlos-despierta-de-su-s…  por kattalin hace 2 segundos […]

  2. […] sigueleyendo var addthis_product = 'wpp-261'; var addthis_config = {"data_track_clickback":true};Una de esas historias secas de Willy Uribe. […]