Javier Reivaj por segunda vez

Javier Reivaj. Poetas imposibles

Poetas Imposibles. Javier Reivaj. Poeta español nacido muerto y desaparecido años más tarde.

Resucitando poetas imposibles

Ya me marchaba de la oficina cuando tocaron al automático. Vengo por lo de los poetas, respondió una voz juvenil. Ya hemos cerrado, dije, para tantear su temple. Eso es una estupidez, dijo la voz, la poesía, si cierra, es que se ha muerto. Abrí tras escuchar aquella declaración de principios. Al cabo de unos minutos estaba frente a un muchacho de unos dieciséis años. Pelambrera alborotada, ojos vivaces y palabras exactas.

–         Me han dicho que usted resucita poetas.

–         Le han dicho bien.

–         Me han dicho que lo hace gratis.

–         Sí, pero no corra la voz.

–         Y también me han dicho que del mismo modo que los resucita los hace desaparecer para siempre.

Demasiado vivaces, sus ojos. Su cabello rizo sobre rizo hasta formar un laberinto.

–         ¿Es así, señor?

Era absurdo que tratara de usted a un chaval, por muy adulto que fuera su comportamiento.

–         ¿Qué tienes? – le pregunté.

–         ¿Es así, señor?

Absurdo del todo. Un crío no me iba a ganar la posición.

–         ¿Qué tienes?

Se llevó una mano al bolsillo interior de la americana y me tendió un papel.

Abro los bronquios mientras la oscuridad, espía en prácticas de la muerte, aguarda sabiendo que en cinco minutos me golpeará el asma.

Dejé el papel sobre la mesa y le pedí más. Sacó un nuevo pedazo de papel.

Fluye, desgarra, sacia su sed, hacia mí avanza, abre mi pecho, es un fórceps desbocado, es un aliento verde. Aquí lo tengo.

De un cajón del escritorio extraje una botella de agua y bebí un buen trago.

–         Poesía no rima con agua – dijo el muchacho.

Javier Reivaj por segunda vez

Guardé la botella y observé al crío, que me dejó hacer. Al cabo de un buen rato, cuando llegué a la conclusión de que ante mí no solo tenía a un posible asmático, elemento romántico por antonomasia, sino también a un pozo sin fondo, pregunté su edad y su nombre.

–         Me llamo Javier Reivaj y tengo cuarenta y seis años.

Volví a aguardar silencio. A ver, si no. Asmático, desfondado y, cuanto menos, algo chiflado. Adjetivo que me costó admitir por lo banal, pero no resulta sencillo eludir los tópicos.

–         No me cree.

–         Puedes explicarte.

Y lo hizo, pero antes me entregó otro papel.

Tal vez tenga suerte de ser un cobarde y que el miedo lastre mi corazón con plomo.

–         Primero fue el apellido. Reivaj. Es oriundo del sudeste de Moldavia. Después, al mudarse a España a finales del siglo dieciocho, a la familia le dio por jugar a lo capicúa con el nombre de Javier durante generaciones.

–         ¿Y de lo otro?

–         Soy Javier Reivaj por segunda vez.

–         No me vale. Por lo que has dicho, habrá un buen número de Javieres Reivaj por ahí.

–         Pero Javier Reivaj Cifuentes, solo uno. Y por segunda vez

Me interesaba. Vaya que sí. Le iba a decir que continuara, pero se adelantó con otro papelito.

Olía a frutas en el jardín de mi abuela. Los perales al fondo, junto a las calabazas. El mismo aroma en la clase de lengua. Mientras en la última fila Rodrigo Díaz se corría, la profesora, deliciosa, hablaba de fonemas: pe-ra.

–         Fui asesinado en Grulleros, un pueblo al sur de la ciudad de León, justo el día que cumplí treinta años. El crimen sucedió hace una semana. Me dispararon en la cabeza a las tres de la madrugada. Seis horas después despertaba en medio de una familia que no conocía. Me miré al espejo y vi a un chico que no conocía, de cabello rizado y dieciséis años de edad. Dijeron que me llamaba David y que me apellidaba Casares García, pero no era cierto. Cuando al día siguiente mi supuesta familia se enteró de que habían asesinado a un muchacho con el mismo nombre que yo decía tener, llamaron al hospital.

–         Al hospital psiquiátrico, quieres decir.

–         Supongo que sí, pero no les dí tiempo.

Aquel crío se había fugado de casa y yo podía tener un problema si no llamaba a la policía en ese momento.

–         Me mataron en León y resucité en Madrid.

Descolgué el teléfono.

–         No llame, por favor – dijo, llevándose la mano a un bolsillo del pantalón -. Voy armado.

¿Riman las armas y la poesía? Ambas existen, así que es lógico que se crucen de cuando en cuando.

–         ¿Quieres dinero? ¿Vas a atracarme? ¿Qué llevas, una navaja?

Como única respuesta, volvió a extraer un papel del bolsillo interior de su americana.

Esparzo nata sobre los mofletes mágicos de tu trasero y lamo. La piel se vuelve de gallina y yo penetro para cacarear contigo.

Al otro lado del espejo

Tenía ante mí a un elemento paranoico cuyas intenciones desconocía. Que fuera un crío se había convertido en una anécdota. Le dije que se largara, pero no hizo caso.

–         Quiero acabar mi historia.

–         Aquí no. Se te ha acabado el tiempo.

–         Ya sé lo que es eso, descuide, y también que es doloroso. En cambio, usted…

–         En cambio yo…

–         No he venido hasta Bilbao por casualidad, señor Uribe, sino a verle a usted.

–         ¿Le suena de algo J. F. Kantera? – preguntó, seguro de sí mismo.

–         No existe otro J. F. Kantera que el que me inventé hace unas semanas.

–         Usted se reunió con su madre.

Me levanté. Él también.

–         Mira, Javier, no llamaré a nadie, pero tal y como has entrado por esa puerta, sales del mismo modo y echando hostias. ¿Estamos?

Me adelanté y el retrocedió hacia la puerta. Después sacó un pequeño revolver.

–         Siéntese – dijo

–         Es de juguete – balbuceé.

–         La munición no.

–         Me estás amenazando con una pistola de juguete.

–         Si lo desea, le saco de dudas.

–         J. F. Kantera no existe. Es una invención.

–         ¿Qué problema, verdad, señor Uribe? La ficción y la realidad. ¿Cómo distinguirlas?

¿Cómo salir de aquella situación? ¿Cómo tener miedo a una pistola de juguete? ¿Cómo golpear a un crío?

–         Conozco muy bien a J. F. Kantera. Es amigo mío.

Adelanté una mano hacia el revolver. Estuvo rápido y esquivó mi movimiento. En un santiamén, el cañón del arma me apuntaba al entrecejo. Entonces apretó el gatillo y un líquido tibio y espeso me cegó por completo. Me llevé las manos a la cara, retrocedí y caí al suelo. El muchacho se movía por la habitación. Después se marchó. Cuando recuperé la visión, mis manos estaban manchadas de pintura roja. Entré en el pequeño lavabo del despacho para limpiarme. Fue entonces cuando fui consciente del alcance de las lesiones. Situado frente al espejo, fui incapaz de encontrar mi reflejo. Aquel pequeño bastardo me dejaba al otro lado, con todos ellos; con Lucas Volkov, con J. F. Kantera, con él mismo. Algo nervioso me acerqué a la mesa del escritorio. Debía llamar por teléfono, tal vez en unos minutos necesitara una ambulancia.

Somos moneda de cambio. Unos esplendorosos euros, otros, los más, demacrados denarios.


Poetas Imposibles – Puesta en valor de propuestas poéticas imposibles. Énfasis en la sutileza y la furia.
Un programa del Fondo Poético Internacional ejecutado por los Detectives Poéticos.