Anselmo Milagro, el bardo de Tulebras

Anselmo Milagro. Poetas ImposiblesPoetas Imposibles. Anselmo Milagro. Poeta falsario español nacido en 1957 en Tulebras (Navarra) y desaparecido en Zaragoza en 2010.

Pregunte en la cocina

Decidí pasar una semana de descanso en un camping de Navarra, un lugar solitario durante el mes de abril, cuando ya el sol pega de lo lindo en la Ribera y las sombras son de agradecer. Planté la tienda junto a un fresno, al socaire de un seto cuadriculado a tijera. Me llevé algunos libros. ¿Sigues encoñado con lo de los poetas?, me preguntó un amigo, poco antes de salir. Ante mi silencio, me recomendó una novela de un tal Bolaño. ¿Poesía novelada o novela poética?, inquirí con desgana.  Dijo que no lo sabía, que no la había leído, pero que alguien le comentó que jugaba con la poesía hasta darle la vuelta. ¿Titulo? Los detectives salvajes.

Y ahí estaba yo, a la sombra de un fresno a tiro lapo del río Ebro y estudiando al tal Bolaño, cuando un viejo se llegó frente a mí.

–         Veo que lee y toma notas. ¿Escritor?

Negué con la cabeza, sin levantar la vista del libro.

–         ¿Periodista?

Volví a negar, pero esa vez elevé mi vista hacia la jugosa verdura del fresno, implorando que una rama se desgajara y cayera sobre quien me interrumpía.

–         ¿Biólogo?

Aquella tercera opción fue una sorpresa. Se acercó unos pasos. Los detectives salvajes estaban abiertos por la página número ciento cincuenta y nueve, unos retorcidos versos en francés de un tal Baudelaire.

–         Poeta.

Fue una afirmación. Interrogantes ninguno. Pero fallaba de igual modo. Si le sacaba de dudas tal vez me dejara en paz, o tal vez no.

–         Detective poético.

–         Ya – dijo, chasqueando la lengua de seguido.

–         ¿Y usted?

–         Soy el guarda del camping.

Sonreí sin disimulo. El no se mostró incómodo.

–         ¿Y qué hace un detective poético?

–         Detectar poesía.

–         Entonces vaya al restaurante que hay frente al camping, al otro lado de la carretera, y pregunte en la cocina por Anselmo Milagro.

Dicho eso, dio media vuelta y continuó su paseo, o ronda, o lo que hiciera un vigilante de camping de ochenta años largos y una salud, a simple vista, como la del fresno que me daba sombra.

Pasaron un par de horas y el nombre de Anselmo Milagro se había incrustado en el texto de Bolaño. Anselmo Milagro iba y venía por el D.F. entre poetas de variado calibre hasta que levanté la vista y lo tuve frente a mí. A su lado, el viejo vigilante no le alcanzaba la altura del esternón.

–         Aquí lo tiene. Anselmo Milagro, el bardo de Tulebras.

Machado, una adaptación libre

Un mozo de unos dos metros de altura que puesto a respirar a pleno pulmón tenía que ser una turbina.

–         ¿Sabe hablar? – pregunté, tras un largo silencio.

–         Sabe recitar – dijo el viejo -. Anselmo, la de la Mejana.

Tres sílabas suenan

en medio del río

y las tres refrescan.

Es la primera un pronombre;

la segunda, carcajada…

Na’ te daré, aunque sepas la tercera.

–         ¿Qué le parece? Tiene temple y ritmo el muchacho, ¿no cree?

–         Machado, una adaptación libre – dije, estudiando el rostro algo tenso del mozo.

–         De Machado nada, es suya – dijo el viejo, moviéndose inquieto ante mi dictamen -. A ver, Anselmo, la de la Charo.

¡Tanto tiempo me guardaste,

tierra de Molina,

mis ciruelos verdes

con aires de tus laderas!

¡Ah vegas de Dios!

para tomates Murchante,

espárragos en Concepción!

–         ¿Por qué esa fijación con Machado? – pregunté, más que nada por tocar las pelotas, ya que no iban a responderme algo con sentido.

–         ¿Por qué dice que es Machado? Las poesías son suyas – rebatió el anciano.

–         Lo que acaba de recitar este muchacho es una versión de unos versos de Antonio Machado Ruiz. Corresponden al poema Canciones de tierras altas, que a su vez forma parte del poemario Nuevas Canciones, escrito entre 1917 y 1930.

El viejo se giró hacia Anselmo Milagro y no pudo mirarle a los ojos, de tan alto que era el muchacho. Observé un ligero gesto de pena en la expresión del anciano y un tanto de zozobra en los ojos de Anselmo.

–         De todos modos, la adaptación no está mal. Un toque costumbrista a la vez que sensible y picarón.

–         No son de Machado, son de Anselmo Milagro – dijo el viejo, borrando la lástima de su rostro y señalando a Anselmo con el dedo índice, más o menos a la altura del corazón.

Entonces, sin una orden previa del viejo, el muchacho declamó un nuevo poema.

San Miguel se estaba quieto

en la alcoba de su torre,

con las enaguas cuajadas

de espejitos y entredoses.

.

San Miguel, rey de los globos

y de los números nones,

en el primor berberisco

de gritos y miradores.

Ebro abajo hacia Zaragoza

Al acabar, Anselmo Milagro se vino abajo y acabó sentado en la hierba, con la cabeza entre las rodillas. El viejo lo observaba asombrado. No sabía qué decir. Yo traté de largar una buena pulla, a ver si de esa me dejaban en paz.

–         Última estrofa de San Miguel, un poema de Federico García Lorca dedicado a Diego Buigas de Dalmau. Y este no es una adaptación, sino los versos exactos.

Anselmo, desde el suelo y escondiendo el rostro entre sus manos, dijo que sí, que Machado, Lorca y muchos más. El viejo lanzó una maldición, dio media vuelta y se fue. Esperaba que el muchacho hiciera lo mismo, y así ocurrió, pero tuvieron que pasar diez largos minutos en los que no dejó de sollozar. Cuando se incorporó, clavando la vista en el suelo y sin decir una sola palabra, se acercó a mi lado y susurró su nombre. Después se marchó.

Al cabo de dos días, el viejo vino a verme. Me dijo que Anselmo Milagro había desaparecido.

–         Si le ocurre alguna desgracia usted será el único culpable – me dijo.

–         Usted sabía que esos poemas no eran suyos. ¿No es así? – pregunté.

–         Tenía que dejar bien claro sus conocimientos, restregárselos al pobre chaval por la cara, decirle que era un inepto.

–         No era eso – dije.

–         Claro que lo era. Y como ya ha acabado, como ya ha destrozado a Anselmo Milagro, si me hace el favor de desmontar su tienda y marcharse de este camping, todo irá mucho mejor.

Ochenta y pico años bien puestos. Comencé a recogerlo todo en ese mismo instante. Cuatro horas después llegaba a Bilbao y entraba en mi oficina. Al revisar el buzón, lo primero que encontré fue una carta urgente de Anselmo Milagro sellada en una oficina de correos de Zaragoza. Dentro sólo había un folio en blanco, nada menos.


Poetas Imposibles – Puesta en valor de propuestas poéticas imposibles. Énfasis en la sutileza y la furia.
Un programa del Fondo Poético Internacional ejecutado por los Detectives Poéticos.