Kios el osko

Kiosko del Arenal. Bilbao

En la cuadrilla le llamábamos Kios. No recuerdo su verdadero nombre, mucho menos sus apellidos. Le llamábamos así porque decía que su abuelo materno era ateniense y vendió periódicos al pie de la Acrópolis. No había manera de certificar esa historia, entre otras cosas, porque nos traía sin cuidado. Kios se certificaba por sí mismo y por su oficio.

Era uno de los camellos de costo que florecieron a lo largo de la ría en la década de los ochenta. Su china era fresca y generosa y siempre estaba localizable. Por otro lado, aun agradable en el trato, era inflexible en el negocio y jamás fiaba. De no mediar aquel chivatazo, no sé hasta dónde habría llegado en la escala del narcotráfico.

– Es él, Kios – dijo su novia a los secretas de la Nacional -. Y tiene tres kilos de costo en el maletero de ese coche.

Seis años más tarde, cuando le soltaron, marchó a vivir al norte de la provincia de Soria. Trabajó durante diez años en una serrería, ahorró algo de pasta y regresó a Bilbao para montar una tienda de suministros industriales. Se había casado con la misma chica que le denunció. Decía que fue ella quien le salvó de cosas peores, algo que tenía su punto de razón. El caso es que veinticinco años después su carácter se ha torcido de un modo irreversible. Ya nadie le llama Kios, sino Osko. Un modo de rematar el círculo, porque aquella historia del abuelo vendiendo periódicos bajo la Acrópolis no la olvidamos ninguno.

Anuncios