Bilbao, ría arriba

Hace unos veinte años escribí un relato que titulé El norte roñado. Un joven camina por la ribera de la ría de Bilbao al ritmo de la marea:

Caminaba a menudo por el arcén de la carretera que bordeaba la ría. Quince kilómetros ría abajo, quince kilómetros ría arriba. A veces a favor de la marea, en contra otras. De la ría decía que estaba prieta. De él, que pronto cumpliría los treinta, que dejaría de sentirse joven y que entonces sería viejo para un primer trabajo.

Hoy he caminado los veinte kilómetros entre mi casa y Bilbao para estar en la presentación del libro Luciérnagas y mariposas, de Javi Zugaza. Hacía tiempo que no salía de casa. No ha sido un invierno sencillo. Hace mucho que los inviernos no son sencillos, pero si me ciño a lo que siento en estos momentos, diría que está siendo uno de los inviernos más jodidos que he vivido. Y aunque me meto goles pensando que este año la primavera ha venido con un mes de antemano, viene el viento norte con sus sopapos y me pone en marea alta a la altura de Lamiako, caminando por la carretera, viendo las descargas de chatarra de la acería de Sestao, alucinando con la cantidad de personajes que cruzan ante mis ojos idos en la pirámide del Serantes. De haber podido, hubiera seguido caminando hasta  Tarifa. Pero han pasado quince años, o veinte, o treinta, que a esta ría la conozco yo hasta el refajo, y ahora tengo asuntos que atender. Ya no rondo los muelles de Barcelona buscando un bergantín hacia las Pitiusas, no planeo costear a pata desde Hondarribi hasta Finisterre, me olvido de buscar olas en Madagascar. Me deshincho. Todo el aire que cabía en mis pulmones. Todo el aire del planeta. Mis pulmones un odre para miles de vientos. Así era. Fuerte como una espiga. Y cuando pensé que el remedio a ese evaporarse podía ser la escritura, descubro que cuanto más escribo, cuanto más pongo de mi pellejo en los personajes y en la historia, más allá avanzo en el desconcierto y la pérdida. Si en vez de la ría de Bilbao me hubieran puesto en paralelo el Misisipi, el resultado habría sido el mismo. Desde luego, todo ha ido a mejor al encontrarme con los amigos. ¿Qué puedo decir de ellos? Que por favor continúen siéndolo. De la playa, claro, de dónde si no. Que es el lugar donde desembocan las rías. Y mis amigos son de lujo, como los vuestros,  como lo es el mar, al que nunca das cuentas, que siempre está ahí, que no habla mucho pero escucha que te cagas. ¿No habéis hablado al mar nunca? Hoy, antes de subir hacia el Ambigú, donde Javi Zugaza presentaba su novela Luciérnagas y mariposas, le he echado unas palabras al mar, que en Abando aún lo es. Y le he dicho que le meaba encima, que ya la marea iba para abajo y en un santiamén el pis andaría disuelto por Ereaga. Después he entrado en el Ambigú, un local cojonudo y con buenos vinos, y he escuchado las palabras de Javi y el violín de Fredi. Hemos bebido mucho y hemos hablado más. He conocido gente, he brindado por ello y hemos fumado en la calle. Para ahorrarme la caminata de vuelta a casa, Xabi me ha acercado en su furgo. Xabi es biólogo y hace trabajo de campo de sol a sol. Sabe un huevo de animales y de botánica y es capaz de distinguir ejemplares de osos pirenaicos por la genética impresa en sus cagadas. Me ha explicado al dedillo el proceso de elaboración de un árbol de tronco largo, esbelto y voluminoso. El proceso de la saca, la entresaca y todo eso. Cuando se escogen y miman los ejemplares arbóreos que se transportarán en unos años al aserradero.

Comments

  1. No sé por qué el invierno está siendo tan malo. Pero espero que mejore. Dentro de lo absurdo de las amistades virtuales te deseo que todo remonte.

  2. Ya lo decía Bear, lo más importante son los amigos. Encantados de contarnos entre ellos, a pesar del clavo de hoy. Bonitas afotos. Un abrazaco Bill.