Las garras del koala

El koala asesino.

Kenneth Cook. Sajalín Editores, 2011.

Los desolados parajes del Outback australiano, con sus cocodrilos feroces, sus excéntricos buscadores de ópalo, sus koalas salvajes, sus furiosos cerdos gigantes, sus irritables camellos y sus voraces bebedores de cerveza, son los protagonistas de los quince relatos hilarantes que conforman este libro.

EL KOALA ASESINO. Kenneth Cook

No me gustan los koalas. Son unos bichos asquerosos, irascibles y estúpidos sin un solo hueso amistoso en todo su cuerpo. Sus hábitos sociales son vergonzosos: los machos siempre andan propinando palizas a sus semejantes y robándoles las hembras. Tienen mecanismos defensivos repugnantes. Su piel está infestada de piojos. Roncan. Su semejanza con juguetes adorables es una engañifa abyecta. No son dignos de elogio por ningún motivo.

Y además, una vez un koala intentó hacerme daño de una forma muy horrible.

En tiempos, una pequeña isla llamada Kudulana situada a unos diez kilómetros de la costa de Tasmania mantenía a una nutrida población de koalas. Entonces alguien llevó ovejas a la isla y taló demasiados árboles. De repente dejó de haber suficientes hojas de eucalipto de la clase adecuada y en consecuencia los koalas estaban en peligro de extinguirse.

A Mary Anne Locher, oficial superior de Parques Nacionales y Fauna, se le asignó la tarea de reunir a los koalas de la isla y enviarlos a nuevos pastos en el continente. Me invitó a ayudarla, y acepté pensando que de todo se puede sacar una historia.

La propia Mary Anne Locher se parecía bastante a un koala. Era bajita, gorda y redonda, y tenía un pelo castaño suave y sedoso bastante corto del que le asomaban las orejas. Supongo que en ese momento tendría unos cincuenta años, unos pocos más que yo.

Siempre llevaba un peto de color marrón que, unido al efecto de su nariz, chata y pequeña, y sus ojos color castaño claro, intensificaban su similitud con un koala. Tenía una voz suave y levemente sibilante y daba la impresión de que si uno le hubiese apretado la barriguita habría chillado. A diferencia de un koala, era una persona muy agradable y delicada.

En aquella época yo no era tan corpulento como ahora, pero no por eso dejaba de ser un hombre abundante en carnes, es decir, que podía atarme los cordones de los zapatos yo solo, pero no era atlético.

Un alma poco caritativa habría pensado que Mary Anne y yo hacíamos una pareja un tanto cómica cuando desembarcamos del ferry en Kudulana: el uno era alto, redondo y barbado, y la otra bajita, redonda y con pelo suave y sedoso. Los dos llevábamos una gran red dotada de un largo mango y lucíamos petos marrones idénticos, pues yo le había cogido uno prestado al departamento mientras durase el trabajo. Mientras el barquero descargaba unas jaulas hechas con listones de madera para albergar nuestra pesca, llegó a insinuar que nuestra tarea se vería facilitada, ya que los koalas se caerían de los árboles de la risa.

Para atrapar a un koala solo hay que asustarlo para hacerle saltar o que se caiga de la rama en la que se está, y luego atraparlo con la red. En cualquier caso, eso fue lo que me dijo Mary Anne. No me dijo que eso solo da resultado con los koalas cooperativos.

Dejamos amontonado nuestro material, nuestro equipo de acampada, el botiquín y las jaulas cerca del embarcadero y nos fuimos a cazar koalas.

Los árboles de Kudulana son todos muy pequeños y delgados y no tuvimos ningún problema para localizar a los koalas. Solo había doce, y se encontraban en una arboleda de eucaliptos en torno a un gran lago rodeado de helechos. Estaban todos acurrucados en ramas ahorquilladas. Pero los árboles solo tenían tres o cuatro metros de altura, de modo que los koalas estaban perfectamente al alcance de nuestras redes.

Lo único que Mary Anne y yo teníamos que hacer era soltarlos, atraparlos en nuestras redes y después trasladarlos a las jaulas de madera. En teoría.

Los koalas, bolas peludas con la cabeza inclinada sobre el vientre, no parecían ni remotamente interesados en nuestra presencia.

—De acuerdo, probaremos primero con ese —dijo Mary Anne señalando con tono de eficiencia a un koala grandote acurrucado en una horquilla no mucho más allá de donde yo podía alcanzar—. Tú asústalo y yo lo atraparé.

Mary Anne levantó su red para que la boca estuviera justo debajo del koala y se preparó, aguardando a ver en qué dirección iba a saltar el koala. Yo mantuve preparada la mía como refuerzo.

El koala parecía dormido, y me pregunté por primera vez qué tendría que hacer uno exactamente para asustar a una criatura tan aletargada.

—¿Debería azuzarlo con mi red? —le pregunté a Mary Anne.

—No, eso hará que se aferre con más fuerza. Grita.

No tenía ni idea de cómo había que gritarle a un koala, pero lo hice lo mejor que pude.

—¡Buh! —grité.

El koala no se movió.

—¡Buh! ¡Buh! —chillé con todas mis fuerzas.

El koala abrió un ojo. Sorprendentemente, lo tenía inyectado en sangre. Me miró con él durante un largo y desapasionado instante antes de volver a cerrarlo cansinamente.

—No se asusta con facilidad —comenté.

—No —dijo Mary Anne—. Intenta sacudir el árbol.

Dejé la red en el suelo y agarré el árbol —que era muy fino y en realidad muy joven— y lo sacudí violentamente.

El koala abrió sus dos ojos enrojecidos y me miró malévolamente. Acto seguido aplicó un dispositivo defensivo común a la mayoría de marsupiales arborícolas. Un fluido acre e inmundo me empapó el pelo, la barba, la cara y los hombros.

—¡Ay, lo siento! —exclamó Mary Anne—. Tendría que habértelo advertido.

Hice lo que pude con un pañuelo mientras el koala, aparentemente satisfecho con su trabajo, cerró los ojos y volvió a dormirse.

—¿Por qué no sacamos al puñetero bicho de la rama con las redes y lo atrapamos en el suelo? —pregunté cuando ya me encontraba más o menos seco, pero sin haber dejado de desprender un olor repugnante.

—No se puede desalojar a un koala una vez que se agarra a algo. Tienen una fuerza tremenda.

—Pues entonces, ¿qué hacemos? Para asustar a ese bicho haría falta una bomba.

Mary Anne meditó por un instante:

—¿Podrías subirte a ese árbol?

Me fijé en el árbol. No era muy grande, pero aguantaría mi peso y el koala no se encontraba muy arriba.

—Sí, creo que sí —dije.

—Entonces sube y grítale en el oído. No lo toques. Seguramente saltará cuando te acerques a él.

Haciendo un esfuerzo considerable, logré trepar hasta la base de la rama donde estaba acurrucado el koala. No me encontraba a una altura muy superior a la mía del suelo y podría haber estirado el brazo y haber tocado al koala, que no estaba muy lejos de mi cabeza. Mantuve mi cabeza a una prudente distancia del animalito.

—¡Buh! —chillé.

El koala no se dio por enterado. Avancé un poco más por la rama.

La rama se rompió. Rama, koala y yo nos precipitamos abruptamente sobre los espesos helechos de abajo.

El koala cayó sobre su espalda. Yo aterricé despatarrado sobre el koala. El koala estaba cubierto por mi considerable mole, pero yo sabía que estaba allí porque gruñía y bufaba y trataba de abrirse paso a través de mis blandas carnes.

Fue una experiencia extraordinaria: ahí estaba yo, entre los helechos, sin resuello, sin poder ver otra cosa que hojas de helecho, semiinconsciente hasta el punto de haber perdido la coordinación y con aquel pedazo de malevolencia peluda, de músculos duros y sorprendentemente grandes tratando de destriparme.

¿Dónde demonios estaba Mary Anne?

Pues había salido corriendo hacia el otro lado de la parcela de helechos para atrapar al koala cuando saliera.

Además del que utilizan desde grandes alturas, los koalas tienen otro mecanismo de protección. Se aferran al vientre de su opresor con uñas y dientes. Seguramente se trata de un mecanismo diseñado para funcionar contra los dingos. En cuanto el koala se aferra al vientre del perro, este no puede alcanzarlo con sus mandíbulas. Deduzco que en esas circunstancias el koala está perfectamente dispuesto a agarrarse hasta que el dingo se desploma.

En aquel momento aquello no lo sabía. Y de haberlo sabido, no me habría servido de nada.

Evidentemente, el koala abandonó toda esperanza de huir y se decidió por la defensa antidingo. Estaba boca abajo en relación conmigo y me clavó las garras traseras en el pecho. Las garras delanteras me las clavó en los muslos. Su cabeza fue a parar entre mis piernas y me clavó los dientes en las ingles.

Por suerte, los koalas no tienen la boca muy grande. Aunque sí lo bastante.

Chillé.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mary Anne, a la que no podía ver.

—¡Me tiene pillado! —bramé mientras rodaba sobre la espalda y arañaba al koala con las dos manos. Él rodó conmigo y apretó con más fuerza. En todas partes.

Volví a chillar y empecé a aporrearlo con los puños. Era como aporrear madera envuelta en piel y a él le hizo el mismo efecto. Los músculos de aquel bicho estaban hechos de alguna sustancia mucho más dura de la que debería estar hecho ningún tejido animal.

Chillé de nuevo y oí a Mary Anne abriéndose paso entre los helechos hasta llegar a mí.

El koala, es de suponer que pensando que llegaban mis refuerzos, se aferró con una fuerza mayor aún a todos los puntos.

Gruñía como un ser demencial —cosa que era, claro— y tenía su trasero casi en mi cara; ni siquiera el peligro que ahora corría disminuía en lo más mínimo el espantoso hedor del animal.

La cabeza de Mary Anne apareció por encima de los helechos.

Yo me sacudía y arañaba en el seno de una maraña de hojas de helecho; ella no podía ver exactamente lo que sucedía, más allá del hecho de que yo tenía cogido al koala y el koala me tenía cogido a mí.

—Procura no hacerle daño —me gritó. En otras circunstancias me habría reído.

—¡Quítamelo de encima! —exclamé con voz entrecortada.

—Ahora sí que no habrá manera de quitártelo de encima —dijo con irritación—. Tendré que sedarlo.

Y la puñetera mujer se marchó corriendo rumbo al embarcadero para coger el botiquín.

—Vuelvo enseguida —la oí gritar mientras desaparecía entre los helechos—. Tú no te muevas. No te preocupes, ahora ya no te soltará.

Eso era lo último que me preocupaba:

—¡Mary Anne! —rugí—. El muy bestia me tiene cogido por los…

Pero no me oyó.

No había forma de poder quedarme allí tendido hasta que ella volviera mientras aquel animal trataba de castrarme.

Me incorporé a duras penas, con koala y todo, e intenté salir corriendo tras ella.

¿Alguna vez habéis intentado correr con las garras de un koala clavadas en el pecho y los muslos y sus dientes clavados en la entrepierna? Es imposible.

Estaba a punto de empezar a llorar de rabia, dolor y frustración. Fui tambaleándome entre los helechos y traté de chocar contra un árbol con el koala por delante. Lo único que conseguí fue clavarme los dientes y las uñas más todavía. Traté de tirarme sobre él. Me quedé sin aliento.

Ahora a cuatro patas y al borde del colapso, con la mente en vías de desintegración, caí de repente en que estaba a orillas del lago que había en medio de aquella arboleda frecuentada por koalas.

Con un grito de esperanza maníaco avancé como pude, respiré hondo y me lancé con koala y todo.

El agua, bendita sea, era profunda, y nos hundimos como dos piedras.

No sabía cuánto tiempo podía aguantar la respiración un koala, pero por lo que a mí se refería, íbamos a quedarnos allí los dos hasta que él me soltara o nos ahogáramos los dos.

Por desgracia, parece ser que los koalas son capaces de aguantar la respiración indefinidamente.

El koala era un peso muerto que me lastraba, y permanecimos en aquellas turbias profundidades durante lo que me pareció media eternidad. El dolor de mis pulmones, que estaban a punto de estallar, empezó a igualar a mis otros dolores.

Finalmente me di cuenta de que no había necesidad alguna de que mantuviera la cabeza bajo el agua. Puede parecer que tardé más de la cuenta en llegar a una conclusión tan obvia, pero si nunca habéis estado sumergidos en un lago de monte en las garras de un koala furioso, no podéis comprender lo difícil que es pensar con claridad en esas circunstancias.

Subí a la superficie, saqué la cabeza, respiré hondamente y con gratitud y me dispuse a estrangular al koala.

Los koalas son muy difíciles de estrangular, sobre todo cuando te tienen cogido de la forma que aquel koala me tenía cogido a mí. Pero me esforcé denodadamente, con un desprecio soberano por el hecho de tratarse de una especie protegida.

El koala parecía decidido a morir bajo el agua con mis dedos en torno a su cuello. A mí me parecía muy bien, siempre y cuando lo hiciera con rapidez.

Entonces, pese a mi dolor, me asaltó la terrible angustia de que quizá los koalas muertos no aflojaran su presa. ¿Tendría que recurrir a la cirugía para desprenderme de aquella bestia maligna?

Entonces el animal abandonó: más de una veintena de minutos después de que se viera sumergido por primera vez, lo juro, aunque Mary Anne sostiene que ella tardó menos de un minuto en volver. El tiempo, por supuesto, es relativo.

El koala me soltó y salió a la superficie cerca de mi cara. Sus rasgos de juguete eran inexpresivos, pero tosió y gruñó de forma feroz y yo retrocedí aterrorizado.

En sus ojos inyectados en sangre me pareció ver una chispa de desprecio; el koala se dio media vuelta y fue nadando expertamente hasta la orilla del lago, salió dificultosamente y caminó pesadamente hasta llegar a un árbol, lo escaló, me miró con gesto sombrío y se echó a dormir mientras se escurría.

Yo salí del lago.

Mary Anne regresó y quedó sorprendida de que el koala me hubiera soltado. También me preguntó por qué estaba empapado.

Le dije que se lo explicaría luego y me interné entre los matorrales para examinar mi persona.

El peto que llevaba puesto estaba hecho de un tejido muy grueso y no había daños de consideración. Pero no por falta de voluntad del koala.

Finalmente, Mary Anne y yo cogimos a todos los koalas de la isla y los liberamos en el continente, pero cumplí la tarea muy a mi pesar. Jamás volveré a acudir en ayuda de esas bestias.

Insisto: no me gustan los koalas.

EL KOALA ASESINO. Kenneth Cook. Sajalín editores.