En la barca

En la barca. Relato de Willy Uribe

Eran tres hombres en una barca que flotaba a la deriva sobre el océano. Uno se sentaba a proa, otro a popa y el tercero en el medio. La barca daba igual que fuera grande o pequeña. Se oían, se veían y se pensaban, con eso bastaba. Nada más podían hacer. Hablar para oír, ver para pensar o viceversa. Cualquier combinación era válida.

El de popa dijo:

– Trato de perder la memoria. Sin ella los recuerdos no me asaltarán. Sin recuerdos, mi estancia en esta barca será menos penosa. Llevamos aquí cuatro días y aún tengo mucha memoria por eliminar, pero lo conseguiré.

El del medio dijo:

– Cuando era un chaval tuve un maestro que siempre nos hablaba de la tradición mediante la memoria. Llegué a odiarlo profundamente. Llevaba los ojos en la nuca para ver los pasos que se le iban. Debido a esa característica, incapacitado para mirarnos a los ojos, no había piedad en sus castigos. Si lo maté fue porque el odio se me hizo insuperable.

Tras un silencio grave, la palabra la tomó el de proa:

– Yo lo recuerdo todo. El color de mis campos, las cabras de mis cerros, la casa donde vivo, el nombre de mi hijo y los labios de mi mujer. Como si tuviera ante mí la suma de mis desgracias.

Llegó la noche al mar, y después más días y más noches. Sin hablar, se limitaron a mirarse y pensarse unos a otros.

Fue el de proa quien retomó la palabra:

– Tras mi casa, ya en la linde del bosque, tengo un pequeño cobertizo donde guardo trastos viejos. Una mañana, hace ya muchísimos años, reparando el carro, eché a faltar una herramienta. Pensé que estaría en el cobertizo de cuando desmonté la polea vieja del granero. Hacía más de dos meses de aquello. Desde entonces no había entrado allí. Y no sé por qué, nadie sabe el motivo de estas cosas, mientras me dirigía al cobertizo me dio por pensar en el joven Ruyberto, desaparecido hacía más de un mes. Ante la puerta, el pensamiento se intensificó. Al reposar mi mano sobre el picaporte sabía lo que encontraría allí dentro.

Guardó silencio e inclinó la cabeza. Sus compañeros no le animaron a continuar. El de popa dijo:

– Continuar recordando solo servirá para minar vuestro interior.

El hombre situado en el medio de la barca, ignorando a su compañero, dijo:

– Aquella no fue la única vida que he segado. También maté al capataz de una granja en la que trabajé. Un cabrón. La soberbia de sus órdenes y lo injusto de su trato me obligaron a tajarle el cuello en un lugar apartado. Y nadie va a juzgarme por ello porque yo mismo sentencié inocencia.

El de proa, aún ante el cobertizo, dijo:

– Por unos minutos no supe qué hacer. Incluso caminé unos metros hacia la casa, incapaz de abrir esa puerta. Tenía miedo de hacerlo y encontrar tras ella al joven Ruyberto. Sabía que estaría allí.

El hombre de popa alzó su voz:

– ¡Basta ya! Si no os escucháis entre vosotros, hablad para vuestros dentros y dejad de tortúrame.

Volvió el silencio durante otros muchos días. El mar el mismo, también el sol, el cielo y la barca. Entonces, el de proa retomó sus recuerdos:

– Al joven Ruyberto, colgando por el cuello de una viga, se lo comían las moscas y los gusanos. Sin embargo, no me alcanzaron ni el vómito ni las lágrimas.

El del medio, que lavaba sus manos en el mar, también continuó con sus recuerdos.

– Estuve en la cárcel cinco años por acuchillar a un hombre, aunque a ese no llegué a matarlo. Sólo quería asustarle, dejar patente mi presencia, porque ser temido es una sensación agradable para mí. En la cárcel mi alma se endureció de tal modo que un simple gesto no amistoso, un ligero desplante, un pensamiento cruzado, me bastan ahora para quitar una vida, o las que hagan falta.

Volvieron a transcurrir los días de igual manera. Quizás pensaron en el rescate, aunque es improbable dada la intensidad de su deriva. El hombre de proa, durante el atardecer de su último día, se dispuso a llegar al final de su historia:

– Cavé una fosa e introduje en ella el cuerpo de Ruyberto. Una hora después quedaba borrada la sospecha de una tumba. Encontrando la herramienta que me llevó al cobertizo, volví a reparar el carro. Desde aquel día yo también caí en una fosa de remordimientos, tantos y tan severos que incluso olvidé por mucho tiempo el nombre de mi hijo, que se llamaba Ruyberto y era un joven tan egoísta y malvado, con tantos pecados en su bolsa, que todos los vecinos se alegraron cuando comuniqué que había abandonado la comarca para siempre. No hice bien y lo sé, por eso mis sufrimientos acabarán esta noche.

El de popa, obligado a escucharlo todo, dijo:

– No seré yo quien lo impida, que tal vez tu ausencia me traiga la paz que no encuentro.

Durante la noche, el hombre de proa saltó al mar y se ahogó. Al amanecer, el de popa, quien sabe si algo compungido, dijo:

– Ni siquiera sabíamos su nombre.

El hombre situado en el medio de la barca, temiendo que la ausencia de un hombre en proa desequilibrara la nave, dijo al de popa que se sentara a su lado.

– Solo si te abstienes de contarme tus macabras historias.

La condición fue aceptada y ambos pasaron a ocupar el medio de la barca, donde bogaron juntos durante siglos, cómodos en el silencio.

Bilbao, abril de 1995.

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