De okupa en el British Museum

The British Museum. Museo Británico. 2012. WU PHOTO © Willy Uribe Nunca estuve más de un día en Londres. Siempre de paso hacia otros continentes, esa ciudad solo era un aeropuerto donde pasaba las horas roncando. Recientemente he estado cinco jornadas. Me llevé un mapa y el libro de Julio Camba sobre la City. No hubo niebla, sino sol, lo que ya de entrada me mosqueó un poco.

Londres es una ciudad de muchas libras (tomadas como medida de peso o como medida de atraco, al gusto). El underground, o metro, como está privatizado, además de obligarte a sudar como un puerco, te cuesta un ojo de la cara la ida y otro la vuelta. Así que al día siguiente no te quedan más huevos que visitar Hide Park y Picadilly completamente ciego. “¡Mira, la estatua de Nelson!”, te dicen. Y tú ni la miras, no te vayan a volar tus últimos peniques. “¡Coño, el Big Ben, a tu derecha!” Y tú te haces el sueco, o lo que haga falta. “¡Tío, tío, la Torre!”. Y te recorre un escalofrío.

Lo peor de Londres (como español, tal es mi envidia, me considero capacitado para a analizar una ciudad en toda su crueldad con tan solo cinco días en ella) es que, excepto el famoso paso de cebra de los Beatles, no hay más, y te pueden matar a cada instante. Los semáforos son un laberinto y los lugareños se los pasan por el forro. Cuando tú intentas hacer lo mismo y has mirado a la left pensando que es la right, y en medio de la calzada crees que tal vez te hayas equivocado en la traducción, el bocinazo es tal que te quedas bloqueado. Entonces, el chofer, que no es inglés, grita:

– You, fucking bastard!

Lo repito, un riesgo continuo trajinarse por Londres de peatón. Ser ciclista ya es exponerse al máximo. Los pobres comparten carril con esos mastodontes rojos de dos pisos que no van a menos de sesenta por hora en plena ciudad. Se les ve agobiados, tensos, cercados, y esas no son maneras de ir en bici, hombre. En bici se va silbando o no se va. Conclusión, en esta ciudad lo de la sostenibilidad todavía no lo han sabido conjugar con la humanidad. Bueno, en esta ciudad ni en ninguna.

Lo mejor de Londres, un clásico: The British Museum. “Un exponente del expolio británico del mundo”, me dijo un amigo, a mi vuelta. Sea, pero hay que reconocer que es un expolio bien organizado, catalogado, expuesto… y gratuito. No dejo de sorprenderme cuando no encontré la taquilla por ningún lado. “No, hombre, esto es Londres”,  me dijo una cubana. Y yo me quedé pensativo, claro, un choque cultural evidente en la ciudad donde los parques cierran por las noches, el metro te sale a cinco pavos el viaje y no hay modo de beberse un sencillo cortado.

De haber podido, me habría instalado de okupa en el British Museum. No habría llegado a hacerme inglés, que eso es imposible y desaconsejable para un meridional, pero sí habría optado a una taxidermia para quedar expuesto en un rincón de la biblioteca y cobrar vida cada noche. Londres ganaría un fantasma y yo miles de horas de lectura y escritura, porque en sus salas encontré un sendero que lleva en directo hacia el significado del Tiempo, sustantivo mayúsculo.

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