La Graciosa, según Humboldt

Alexander von Humboldt. Tengo Sitio Libre. Blog de Willy Uribe.Alexander von Humboldt (1769-1859), naturalista y geógrafo alemán, fue un hombre sabio cuyos trabajos contribuyeron en mucho a ampliar el conocimiento del planeta en el que vivimos. Sus obras son aún un referente en numerosos campos científicos como la etnografía, la antropología, la física, la zoología, la oceanografía, la astronomía, la geografía, la botánica o la vulcanología.

En su primer viaje de exploración (1799-1804), el primero que le alejaba de Europa y que le llevaría a recorrer gran parte de América, Humboldt recaló en las Islas Canarias. La primera tierra que pisó fue la isla de La Graciosa. A él se deben las primeras referencias científicas sobre dicha isla y sobre el archipiélago Chinijo en general.

Es indefinible la emoción que un naturalista experimenta cuando por primera vez llega a un suelo no europeo. Se presta atención a tantos objetos que con dificultad uno se da cuenta de las impresiones recibidas. A cada paso se cree encontrar una especie nueva.

Isla de La Graciosa. Alexander von Humboldt. Archipiélago Chinijo. Islas Canarias. Tengo Sitio Libre. Blog de Willy Uribe.

Extraigo algunos párrafos de su libro Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

…/… Pasamos con el escandallo en la mano por el canal que separa el islote de Alegranza del de Montaña Clara. Examinamos este archipiélago de islotes situados al norte de Lanzarote, que tan mal figurados están, tanto en el mapa del señor Fleurieu, muy exacto por lo demás, como en el que acompaña al viaje de la fragata la Flore. El Mapa del océano Atlántico publicado en 1786 por orden del señor De Castries, presenta los mismos errores. Como en estos parajes las corrientes son extremadamente rápidas, es importante para la seguridad de la navegación observar que la posición de los cinco islotes de Alegranza, Montaña Clara, Graciosa, Roque del Este e Infierno [Roque del Oeste], no está indicada con exactitud sino en el mapa de las Islas Canarias del señor Borda y en el atlas de Tofiño, fundado en esta parte sobre las observaciones de don José Varela, que están bastante conformes con las de la fragata La Boussole.

…/… En el seno de este archipiélago, raramente atravesado por los bajeles con rumbo a Tenerife, nos sorprendió la configuración de las costas. Nos creíamos transportados a los montes euganeanos en el Vicentino, o a las riberas del Rin cerca de Bonn. La forma de los seres vivos varía según los climas, y esta variedad extrema es la que da tanto atractivo al estudio de la geografía de las plantas y los animales, pero las rocas, acaso más antiguas que las causas que produjeron la diferencia de los climas en el planeta, son iguales en ambos hemisferios.

…/… Los vientos nos obligaron a pasar entre los islotes de Alegranza y Montaña Clara. Como nadie a bordo de la corbeta había navegado por este pasaje fue preciso echar el escandallo. Hallamos fondo a veinticinco y treinta y dos brazas.

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…/…Según datos extraídos de un viejo mapa portugués, el capitán de la Pizarro creyó encontrarse enfrente de un fortín situado al norte de Teguise, capital de la isla de Lanzarote. Se tomó por castillo una roca de basalto, se saludó enarbolando el pabellón español y se echó al agua la chalupa a fin de que uno de los oficiales fuese a informarse con el comandante del supuesto fuerte si cruzaban por esos lugares embarcaciones inglesas. Nuestra sorpresa fue grande cuando se nos informó de que la tierra mirada como una prolongación de la costa de Lanzarote era la pequeña isla de La Graciosa, y que no había ningún sitio habitado en muchas leguas a la redonda.

…/… Aprovechamos el bote para reconocer la tierra que se extendía tras una ancha bahía. Es indefinible la emoción que un naturalista experimenta cuando por primera vez llega a un suelo no europeo. Se presta atención a tantos objetos que con dificultad uno se da cuenta de las impresiones recibidas. A cada paso se cree encontrar una especie nueva. En medio de esta agitación a menudo no se reconocen las que son más comunes en nuestros jardines botánicos y en nuestras colecciones de historia natural. A 100 toesas (195 m) de la costa vimos un hombre pescando con sedal. El bote se dirigió a él, pero se dio a la fuga y se escondió detrás de un peñasco. Los marineros lograron atraparlo con dificultad. La visión de la corbeta, el cañón disparado en un paraje solitario pero visitado alguna vez por los corsarios berberiscos, el desembarco del bote, todo ello había contribuido a intimidar a ese pobre pescador. Nos informó de que la pequeña isla de La Graciosa, en la que acabábamos de abordar, estaba separada de Lanzarote por un canal estrecho llamado El Río. Nos propuso guiarnos al puerto de Las Coloradas para allí informarnos sobre el bloqueo de Tenerife; pero como al mismo tiempo aseguró no haber visto desde hacía algunas semanas ninguna embarcación en alta mar, el capitán decidió continuar ruta a Santa Cruz.

…/… Habiéndonos reembarcado al ponerse el sol, nos hicimos a la mar con una brisa demasiado floja como para continuar nuestra ruta a Tenerife. El mar estaba tranquilo y un vapor rojizo cubría el horizonte que parecía agrandar los objetos. En esa soledad, en medio de tantos islotes inhabitados, gozamos por largo tiempo del aspecto de una naturaleza imponente y salvaje. Las montañas negras de La Graciosa presentaban paredones escarpados de cinco a seiscientos pies de altura. Sus sombras, proyectadas sobre la superficie del océano, daban un carácter lúgubre al paisaje. Del seno de las aguas emergían rocas de basalto parecidas a las ruinas de un gigantesco edificio. Su existencia nos recordaba aquella época remota en que los volcanes submarinos dieron origen a nuevas islas o desgarraron los continentes. Todo cuanto nos rodeaba de cerca parecía anunciar la destrucción y la esterilidad, pero en el fondo de ese cuadro, las costas de Lanzarote nos ofrecían un aspecto más risueño. En un estrecho desfiladero, entre dos colinas coronadas por grupos esparcidos de árboles, se alargaba un pequeño terreno cultivado. Los últimos rayos del sol iluminaban trigales prestos a ser cosechados. El desierto mismo se anima desde que en él se reconocen huellas de la mano laboriosa del hombre.

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…/… Probamos salir de este recodo por el paso que separa Alegranza de Montaña Clara, por el que habíamos entrado sin dificultad para desembarcar en la punta septentrional de La Graciosa. Habiéndose detenido el viento, las corrientes nos llevaron muy cerca de un escollo en el que el mar rompía con fuerza y que los antiguos mapas designan con el nombre de Infierno.

…/… Ni el viento ni las corrientes nos permitieron volver a pasar por el canal de Alegranza, así que decidimos pasar la noche abordo entre Montaña Clara y el Roque del Este. Casi resulta fatal esta decisión. Es peligrosísimo permanecer mientras hay calma junto a esta última roca, hacia la cual se dirige una corriente con extraordinaria fuerza. A medianoche empezamos a sentir los efectos de esa corriente. La proximidad de las masas pétreas, que se elevan perpendicularmente sobre las aguas, nos quitaba el poco viento que soplaba; la corbeta casi no gobernaba y temíamos encallar en cualquier momento. Es difícil concebir cómo una masa basáltica, aislada en medio del océano, puede causar tal movimiento en las aguas. Estos fenómenos, bien dignos de la atención de los físicos, son no obstante, bien conocidos por los marinos; se les observa de un modo muy temeroso en el mar del sur, sobre todo en el pequeño archipiélago de las islas Galápagos. La diferencia de temperatura que existe entre el océano y la masa de peñascos no basta para explicar la dirección tomada por estas corrientes y ¿cómo admitir que el agua que se sumerge en las bases de estos escollos, no siempre de origen volcánico, conduce a las moléculas de agua a reemplazar el vacío que se forma?

La mañana del 18 se levantó un poco de viento y logramos pasar por el canal. Nos aproximamos mucho al roque del Infierno otra vez y observamos grandes grietas por donde probablemente se habían abierto paso los gases durante la emersión de este pitón basáltico.

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…/… Perdimos de vista los islotes de Alegranza, Montaña Clara y La Graciosa, que parecen no haber sido nunca habitados por los guanches. Hoy no se los frecuenta sino para recoger allí orchilla, producto que, sin embargo, es menos solicitado desde que tantas otras plantas liquenosas del norte de Europa ofrecieran sustancias adecuadas para los tintes. Montaña Clara es célebre por los hermosos canarios que se encuentran en ella. El canto de estos pájaros varía según el lugar, así como el de nuestros pinzones, que a menudo no es igual en dos cantones vecinos. Montaña Clara también tiene cabras, lo que prueba que el interior de este islote es menos árido que las costas que observamos. El nombre de Alegranza se ha construido por el de La Joyeuse, que dieron los primeros conquistadores de las Canarias, dos barones normandos, Jean de Béthencourt y Gadifer de la Salle. Fue el primer punto que abordaron. Después de permanecer varios días en La Graciosa, de la que hemos examinado una pequeña parte, concibieron el proyecto de apoderarse de la isla contigua de Lanzarote, en la que Guadarfía, el soberano de los guanches, los acogió con la misma hospitalidad que halló Cortés en el palacio de Moctezuma. El rey pastor, que no tenía más riqueza que sus cabras, fue traicionado tan vilmente como el soberano mexicano.

…/… Seguimos las costas de Lanzarote, isla de Lobos y Fuerteventura. La segunda de estas islas parece haberse desprendido antiguamente de las otras dos. Esta hipótesis geológica fue enunciada ya en el siglo XVII por un religioso franciscano, Juan de Abreu Galindo. Este escritor supuso que el rey Juba no nombró más que seis Islas Canarias porque en su tiempo tres de ellas estaban unidas. Sin que admitamos esta hipótesis como probable, los geógrafos han imaginado que los habrían tomado por dos islas la Nivaria y la Ombrios, la Canaria y la Capraria de los antiguos.

Fragmentos extraídos del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (1799-1804). Alexander von Humboldt. Nivaria Ediciones, 2005.
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