Islas Canarias. Apuntes históricos

Islas Canarias. Historia Universal. Cesar Cantú. Gaspar y Roig, 1870. Tomo IV. Libro XIV. Los descubrimientos. Capítulo III. Tengo Sitio Libre. Blog de Willy Uribe
Historia Universal. Cesar Cantú. Gaspar y Roig, 1870
Tomo IV. Libro XIV. Los descubrimientos. Capítulo III

… /… Antes de llevarse a cabo estas mejoras (navegación en el siglo XIII), la actividad, que crecía por momentos, había impulsado a los europeos a buscar las huellas de nuevas tierras más allá de aquellas columnas (Estrecho de Gibraltar), que todavía se llamaban confines del mundo. En 1281, Vadino y Guido Vivaldi, salieron de Génova en dos galeras para dar la vuelta a Africa y arribar a cualquier punto de las Indias; pero una de las galeras baró en la Guinea, y la otra arribó a Menam en la Etiopía, donde fueron capturadas y solo un marinero pudo huir. Así consta en el Itinerario de Antonio Usodimare; además Pedro de Abanó y Cecco de Ascoli refieren, que incitados por tal noticia, Teodosio Doria y Hugolino Vivaldi, acompañados por dos franciscanos, se dieron a la vela en 1292 para los mismo puntos; pero nada volvió a saberse de ellos. Estos y otros de sus contemporáneos descubrieron las islas Canarias o Afortunadas, en las que Petrarca dice habían penetrado los Genoveses en edad anterior a la suya.

No hace mucho que se ha publicado una obra de Bocaccio (por Sebastian Ciampi, Florencia 1827), titulada Relazzione della scoperta delle Canarie e d’ altre isole dell’ Oceano novamente ritrovate nel 1341, fundada en las noticias que los mercaderes florentinos recogieron en Sevilla de Nicolás de Recco, genovés, uno de los jefes de aquella expedición, y cuyo nombre figura entre los grandes navegantes del siglo XIV. Según la mencionada relación, el rey Alfonso IV, hizo salir de Lisboa tres naves al mando del florentino Angiolin de Tagghio, que gobernó con dirección a las Afortunadas, y a los cinco días penetraron en aquel archipiélago, donde se proveyeron de pieles de cabras, sebo, aceite de pescado y despojos de foca. Probablemente debió ser la isla de Lanzarote o Fuerteventura: pusieron por nombre a la segunda que abordaron Canaria, cuyos habitantes estaban cubiertos por un delantal corto de hojas de palma, o piel de cabra. De esta pasaron a otra que debió ser la de Hierro, llena de bosques. Su población, dicen, era leal, viva, fiel, inteligente, de hermosa presencia, robustos y más civilizados que algunos españoles.: contaban como nosotros, colocando la décima a la izquierda de la unidad. Llevados algunos al infante, los hizo poner en libertad, reconociendo su raza como distinta de las de los Negros, con los que se comerciaba ya.

Y aquí tenemos de nuevo a los Italianos en busca de aquellas islas Afortunadas, que eran el sueño de los antiguos. En 1344, don Luis de la cerda, conde de Clermont, con licencia de Pedro IV de Aragón, fletó dos naves y acometió a la Gomera.; pero fue rechazado por sus numerosos habitantes.. Sin embargo de este descalabro, a los diez años próximamente ordenó otro armamento para intentar la conquista de las Canarias, y el papa Clemente VI le coronó como rey de ellas en Aviñon; pero con motivo de haber entrado a servir a Francia contra los ingleses, abandonó su empresa.

En 1393, una sociedad de andaluces y vascos, formada en Sevilla con licencia de Enrique III, mandó cinco naves a explorar las costas de Africa, en cuya expedición llegaron a los 34º y 29º paralelos, sin perder de vista la costa, hasta que hallándose en frente de Canarias, espantados por las llamas del volcán de Tenerife, huyeron sin atreverse a abordarlas, poniéndolas por nombre islas del Infierno. Entraron a saco las islas de Lanzarote y regresaron al punto de partida con un espléndido botín de cera, pieles y otras producciones, decididos a conquistar las Canarias, a lo que Enrique ni se negó ni se adhirió.

Dicen que Juan de Bethencourt, barón normando, exploró las costas occidentales de Africa, no ya hasta Sierra Leona, como lo habían hecho otros compatriotas suyos, sino hasta el río de Ouro, de donde trajo muchos prisioneros y noticias, y pensó establecer en él un fuerte para hacer tributario al país. Este mismo barón obtuvo del rey de Castilla el título de rey de las Canarias, en el concepto de tributario; pero no parece que las conquistó en su totalidad (solo conquistó las de Fuerteventura y Lanzarote); sus sucesores las cedieron a don Enrique de Portugal, por una posesión en la isla de Madera.

Son las Canarias siete islas dispuestas en semicírculo, como a unas cincuenta millas de la costa occidental del Africa hacia el 28º paralelo, de un clima excelente, hermosas, abundantes y dominadas de montes volcánicos. Los Guanches que las habitaban ( el nombre de guanches lo llevaban únicamente los habitantes de Tenerife), y que fueron víctimas de los malos tratamientos de los Europeos, eran de bellísima presencia, ágiles a causa de la costumbre de trepar por los montes como gamuzas, saltando de cima en cima, y lanzaban piedras a maravillosa distancia. Vivían feudalmente divididos en dos razas, una de nobles y otra de poseedores (achimenceyr) y plebeyos (archicaxlías): embalsamaban los cadáveres y los depositaban en cavernas hechas en las peñas y cerradas cuidadosamente. No nos quedan de ellos más que ciento cincuenta palabras de un idioma berberisco, que como sus momias, presenta una extraña mezcolanza de razas diferentes.

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Aclaraciones al libro XIV

Sobre los antiguos habitantes de las Canarias y conquista de aquellas islas.

Buffon opina que el archipiélago de las Canarias es una continuación de los montes que corren desde el Cabo Blanco hasta el de Bojador, y así parece comprobarlo la semejanza que se advierte en los usos, costumbres, religión y lenguaje de los primitivos isleños con los de los antiguos habitantes de los países occidentales del África. Además, las observaciones etnológicas hechas en estos últimos tiempos,, demuestran las grandes afinidades que existen entre el idioma de los antiguos canarios, y el que sirve de lazo común a todas las poblaciones berberiscas, que a su vez, según la opinión más fundada, no es sino una modificación de la antigua lengua líbica. En efecto, sin entrar en demasiados pormenores, notaremos meramente la analogía de las siguientes palabras, que apenas dejarán dudas sobre el particular:

Tigot y tigotan significan cielo y los cielos en los idiomas canario y xilah; Aya dirma, nombre del pico de Tenerife, se parece bastante a Ay-dyrim, cima del Atlas de los bereberes. Leche, en canario es aho, en xilah agho; casa santa, en el primero almogaren, en el segundo talmogaren; cestita, en aquel cariana, en este carian; aparición, en el uno irben, en otro riben; cebada en canario temasen, en xilah tomzen; palo, en uno tezezes, en otro tezezreat; agua, en uno ahemon, en otro amon, etc. Hay, además, muchas denominaciones topográficas de los antiguos isleños que se avienen perfectamente con otras de la parte occidental de Marruecos: tales son Adeje, Agulo, Tagaragre, Taso, Teguise, Telde, Timala, Toto, etc. , nombres de pueblos parecidos a los de Hedejad, Agulu, Tagaratin, Tasa, Tegasah, Tedlad, Tinamal, Tata. Hasta la voz Guancho, que designaba al habitante de Tenerife, tiene una analogía marcada con la de Guancheris o Guanseris, que indica una tribu bereber de las montañas llamadas Gebel Guanseris, a 20 leguas al S. del Cabo Tenez.

Las Canarias, conocidas en la antigüedad con los nombres de Hespérides, Atlántidas, Elíseas y Afortunadas, fueron visitadas por los navegantes fenicios, cartagineses, rodios, focios y los de otras naciones de la Grecia. Se cree que Hannon, en su atrevida excursión a los mares atlánticos, reconoció alguna de aquellas islas. También las visitó Yuba, rey de Mauritania, en tiempos de Augusto. Y remitió a este una memoria en que le daba cuenta del resultado, y le refería los pormenores de su expedición; de esta memoria solo se conservan algunos fragmentos que cita Plinio.

A pesar de estas varias tentativas, las Canarias permanecieron olvidadas del mundo hasta mediados del siglo XII, en que según refiere el geógrafo árabe Xerif al-Edrisi, ocho árabes magrebitas salieron de Lisboa con ánimo de reconocer los límites del Océano. A los 23 días arribaron a una isla que debió ser la de Madera, y 12 días después descubrieron la de Fuerteventura o la de Lanzarote, que son las más inmediatas al continente. En el siglo XIV envió el rey de Portugal Alfonso IV una expedición a las Canarias compuesta por tres carabelas, al mando de Angiolino del Tegghia de Corbizzi, natural de Florencia, que reconoció sucesivamente las islas de Lanzarote, Fuerteventura, Canaria, Hierro, La Gomera, La Palma, y por último, Tenerife. A esta expedición se debieron las primeras noticias ciertas sobre la situación de aquel archipiélago. Repitiéronse entonces los viajes por las aguas del Atlántico, y de España, de Portugal, de Italia, de los puertos principales de Europa, zarpaban continuamente buques para llevar el saqueo y la rapiña a aquellos sencillos habitantes.

Pero todas estas expediciones eran transitorias, hasta que Juan de Bethencourt, caballero normando, se decidió a conquistar definitivamente las Canarias. Mosen Rubin de Bracamonte, su deudo, a quien hizo merced de estas islas el rey de Castilla Enrique III, había transmitido lo que llamaba su derecho a Bethencourt, el cual después d evender parte de sus bienes para sufragar los gastos de la empresa, salió de la Rochela el 1º de mayo de 1402, llevando en su compañía a su amigo Gadifer de la Salle, al franciscano Pedro Bontier y al clérigo Juan Le-Verrier, en clase de capellanes, a dos isleños cautivos y bautizados con los nombres de Alfonso e Isabel, como intérpretes, y por último, a 270 hombres de guerra. Después de varios contratiempos, en los primeros días del mes de julio avistaron la isla de Lanzarote. Reinaba a la sazón en esta el débil Guadarfia, quien permitió a Bethencourt construir un fuerte que llamó Rubicon. De allí se dirigió a Fuerteventura, pero contando escaso número de soldados, no se atrevió a desembarcar; volvió a España, puso bajo la protección del rey de Castilla la empresa que meditaba, y con los auxilios que este le proporcionó, hizo rumbo de nuevo a Lanzarote, que sometió completamente, y conquistó a Fuerteventura, no obstante la tenaz resistencia que le opusieron sus moradores. Trató luego de apoderarse de la isla de Canaria; mas rechazado, con pérdida de bastante gente, suerte que le cupo también en la isla de la Palma, se dirigió a la Gomera, que sujetó, y a la de Hierro, cuyos pacíficos habitantes acataron su autoridad.

En 1464, Diego García de Herrera dispuso una expedición contra Tenerife; hizo protestas de paz a los indígenas, y tomó posesión del país a nombre del rey de Castilla; pero tuvo al cabo que retirarse. Mas feliz en Canaria, logró atraer a su partido al guanarteme de Galdar, entró en tratos con el de Telde, y levantó una fortaleza en aquel territorio; pero los isleños, irritados por el comportamiento tiránico de la guarnición, la acometieron y exterminaron completamente.

En 1478, desembarcó en las playas de Canarias Juan Rejon, al frente de 700 hombres, y habiéndose adelantado contra él Doramas, guanarteme de Telde, a la cabeza de 2.000, se trabó la refriega, que duró tres horas y acabó con la retirada de los indígenas. A Rejon sucedió Pedro de Vera, el cual venció a Doramas en un duelo a muerte al frente de las tropas de los contrarios bandos, y toda la isla no tardó en someterse el 19 de abril de 1483.

Solo quedaban por conquistar la Palma y Tenerife. Alfonso Fernández de Lugo, encargado de ambas empresas, partió para la primera en los últimos días de septiembre de 1491. Avasalló sin dificultad mucha parte de la isla, pero Tanausú, que gobernaba el distrito de Aceró o la Caldera, le opuso una resistencia heroica. Atrincherado en aquellos riscos, hizo por largo tiempo inútiles los esfuerzos de Lugo; hasta que este, empleando la astucia, consiguió sacar de su inexpugnable asilo al valiente isleño, le cogió prisionero y le envió en tal concepto a España; si bien el plan de Lugo no pudo llevarse a cabo, porque Tanausú se quitó la vida, a bordo del buque que le conducía, privándose de todo alimento.

Una vez sometida la Palma, volvió Lugo las proas de sus buques hacia Tenerife, donde desembarcó, seguido de 1.000 infantes y 120 caballos, el 1º de mayo de 1493. Los isleños se prepararon a la defensa, animados por Bencomo, mencey o príncipe de los Estados de Taoro (hoy Orotava), y el más poderoso y activo de toda la isla. En abril de 1494 se adelantó Lugo, favorecido por el mencey de Güimar, hasta el distrito de Taoro, dejando atrás el escabroso punto de Acentejo. Bencomo destacó a su hermano Tinguaro con 300 Guanchos escogidos, para que se apostasen en las alturas de Acentejo. De repente se vio Lugo acometido por 3.000 hombres, al mando de Bencomo: quiso emprender la retirada en buen orden; pero la gente de Tinguaro empezó a descargar enormes piedras desde sus posiciones; los Españoles, envueltos por los indígenas en terreno tan desventajoso, hacían en vano prodigios de valor; Lugo fue herido, y hubiera acabado allí sus días sin el socorro de sus aliados los Güimareses. Aquella derrota costó la vida a 900 conquistadores, y los restantes, en número de 200, incluso Lugo, dejaron precipitadamente el país, y se dirigieron a Canaria.

El general español, reuniendo nuevas fuerzas, efectuó su segundo desembarco en Tenerife el 4 de noviembre de 1494, al frente de 1.000 infantes y 1790 caballos. Bencomo, alentado por su primer triunfo, le presentó la batalla en las llanuras de la Laguna; pero fue vencido, perdiendo 1.700 hombres, entre ellos el valeroso Tinguaro; los Españoles tuvieron 45 individuos fuera de combate.

Desde entonces pudo decirse que quedó conquistada la isla. Sin embargo, al rendición definitiva de Tenerife costó aun a Lugo otra batalla dada en los memorables llanos de Acentejo, que ganó, matando al enemigo más de 2.000 hombres.

Ultimamente, en julio de 1495, internándose el general español en el delicioso valle de la Orotava, se avistaron las tropas de ambas partes en los sitios que conservan los nombres de Realejo de arriba y Realejo de abajo, y allí se verificó el avenimiento amistoso de Lugo y Bencomo, comprometiéndose este, con todos los suyos, a abrazar la Religión Cristiana, y a rendir vasallaje a los Reyes Católicos.

En breve la raza indígena desapareció, ya por las persecuciones de que fue víctima, ya por el gran número de isleños sacados de su patria y reducidos a cautiverio, ya por efecto de la tristeza profunda en que los sumió la pérdida de su libertad; tristeza que los inducía a dejarse morir de hambre. Apenas se conservan algunos vestigios de los antiguos Guanchos en Güimar, Adeje, y otros pueblos del Sur de la Isla.

(Historia Universal. Cesar Cantú. Tomo IV. Aclaraciones al libro XIV. Gaspar y Roig, 1870.)

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