Sydney. Un skyline de fusión en el Pacífico Sur

Con más de cuatro millones de habitantes, un setenta por ciento de ellos mestizos, la mayor metrópoli del Pacífico Sur aumenta sus medidas de seguridad mientras los parques y las calles continúan inmaculados.

Sydney. Australia. 2004 WU PHOTO © Willy Uribe

De pueblo, como Banjo Paterson

Bajé del autobús en el centro de Sydney a las seis de la mañana. Llegaba de los suburbios del sudeste y viajé acompañado por una docena de trabajadores que componían un mosaico legañoso de las razas que hoy en día viven en la ciudad. El Sydney actual es algo muy diferente a lo que la First Fleet (la Primera Flota) encontró en junio de 1788, cuando once buques de la armada inglesa cargados de soldados y presidiarios embocaron la bahía y atracaron en su orilla sur, donde encontraron un buen lugar para edificar el primer asentamiento de la colonia de Nueva Gales del Sur.

Entonces convivieron sólo dos razas, con mejor fortuna para los británicos y un sinfín de nuevos problemas para las tribus aborígenes Ku-ring-gai, Dharawai y Dharug. Quienes llevaban más de 50.000 años viviendo y explotando racionalmente los recursos naturales en la región que ellos llamaban Warrane, se vieron desposeídos de todo. Tras los ingleses llegaron otros europeos, más tarde hindúes, después melanesios, polinesios, pakistaníes, más europeos, chinos, japoneses, indonesios…

Enfilé Phillip Street en dirección a Sydney Cove, el lugar de anclada de la First Fleet (Sydney debe su nombre a Thomas Townshend, Barón de Sydney, comisionado de la flota y primer gobernador de la colonia) En apenas trescientos metros pude contar seis barrenderos, ninguno de ellos blanco, y tres camiones regando el pavimento.  Si una ciudad es limpia en la medida de las mierdas que se pueden ver en el suelo entonces Sydney es una de las más limpias. Al llegar a Circular Quay, el epicentro de la ciudad, el alba comenzaba a rasgar por el Pacífico. A mi izquierda asomaba la mole de acero del Puente de Sydney y a mi derecha las velas de cemento del edificio de la Ópera. Algunos taxis atracaban con agilidad, cargaban y descargaban pasajeros y volvían a surcar la bahía. En la Writers Walk, el paseo marítimo que conecta Circular Quay con la Ópera, se pueden leer algunas frases de escritores que vivieron y sintieron la ciudad. Grabadas en placas redondas de latón y fijadas al suelo, las que más me gustaron fueron las de A.B. Banjo Paterson (1864-1941), poeta y baladista australiano que recorrió el país en un revival de los viejos juglares ingleses. No recuerdo literalmente lo que escribió, pero más o menos venía a decir que era cojonudo no tener nada qué hacer más que tirarse al sol en la orilla de la bahía y observar el ir y venir de los barcos y la gente.

Sobre las mismas palabras de Banjo Paterson me di la vuelta y comprendí por primera vez el significado de la palabra inglesa skyline. Y también comprendí mi alma de pueblo. Sobre mí, decenas de rascacielos moteados por las luces de unas oficinas que comenzaban su actividad, componían un espectáculo pelín siniestro. Me sentí incómodo ¿El viejo Banjo me atenazaba desde su placa de latón? Nada de eso, era sencillamente que nunca hasta ese momento había estado antes en una gran metrópoli; Madrid, Ciudad de México… he estado en ellas, pero por algún motivo que se me escapa las veo como grandes pueblos luchando por modernizarse en medio del caos. Lo que veía y sentía en esos momentos era otra cosa.

Para una ciudad, o para los gestores de una ciudad, el término skyline (literalmente línea del cielo) viene a significar el poder incluir su ciudad entre las más punteras del planeta. Pero poseer un skyline de postal, como el de Sydney, el de Nueva York o el de Hong Kong no es tarea fácil, incluso a veces es una tarea muy desaconsejable. Se corre el riesgo de convertir la ciudad en una diana, además de en un estrecho almacén de cemento, algo que compruebo como peatón cada vez que me acerco a Bilbao, nuestra mediocre y querida minipolis, donde sus gobernantes sueñan con un skyline definitivo, olvidando que Bilbao está en un botxo y la geografía no ayuda.

Así que llegaba de un pueblo y me encontraba ante la metrópoli más importante del Pacífico Sur. Un imán para decenas de miles de emigrantes de Asia y las islas del Pacífico. Sydney tiene más de cuatro millones de habitantes, el 70 % de ellos son mestizos y más de un tercio han nacido fuera de Australia. La ciudad hace tiempo que perdió su alma británica.

Sydney. Australia. 2004 WU PHOTO © Willy Uribe

¿Realmente Sydney fue construida por criminales?

Eso se piensa en el círculo de los pensamientos hechos, pero en gran parte no fue así. En la segunda mitad del siglo XVIII Gran Bretaña perdió sus colonias norteamericanas, excepto Canadá, y padeció una grave crisis económica. Aunque se estaban sentando las bases del imperio con la conquista de la India, el desarrollo de la industria naval y los comienzos de la Revolución Industrial, gran parte de la población vivía en precario, al capricho de las enfermedades, el hambre, el frío y la aristocracia. La inseguridad era grande y el sistema se volvió represor en extremo. Así que las cárceles se llenaron. Pero eso no significa que todos los que estaban en ellas fueran criminales; distraer comida, una pequeña deuda, recoger leña o cazar en el bosque del señor, una borrachera, intrigas y envidias personales de todo tipo o sencillamente holgazanear eran motivos más que suficientes para una condena severa.

Con la llegada a Londres del Capitán Cook y sus noticias sobre las nuevas tierras descubiertas en el Pacífico, en concreto la costa este australiana y las dos islas de Nueva Zelanda, se tomó la decisión de enviar a gran número de presos a esos territorios, al otro lado del mundo, y con ellos soldados para vigilarlos. El resultado fue un comienzo desastroso, dominado por un gobierno militar y con un peligroso tráfico ilegal de ron monopolizado por esos mismos militares. La comida era escasa y los presos vivían en los mismos barcos en los que llegaron, húmedos e insalubres. En esas condiciones era imposible construir algo sensato. Hasta que en 1810 llegó el nuevo gobernador, Lachlan Macquaire, selló los barriles de ron y puso orden. Con una población cercana a 10.000 habitantes, nueve de cada diez eran o reos o militares. Macquaire entonces solicitó colonos libres y luchó por suprimir la llegada de presos, algo que se consiguió en 1840.

Parte de lo que hoy se ve en Sydney proviene de esta época, sobre todo el esqueleto que sirvió para un desarrollo urbano que continúa imparable. Adjudicar ese papel a cuadrillas de presos maltratados es afirmar mucho. Tuvieron su papel, los ladrillos los hacían ellos, la piedra la picaban ellos, todo el barrio de The Rocks lo levantaron ellos, incluso algunos firmaron obras arquitectónicas o alcanzaron cargos en la administración, pero el desarrollo de la colonia no llegó hasta que Gran Bretaña tomó carrerilla gracias al impulso de la Revolución Industrial, una hábil diplomacia soportada por una gran armada y la navegación a vapor, que acortaba el tiempo de navegación entre Gran Bretaña y Sydney.

Sydney. Australia. 2004 WU  PHOTO © Willy Uribe

Sobre la ciudad

Merece la pena una visita a la Torre de Sydney, ahora AMP Tower, un pirulí de esos que ponen la guinda al skyline y que alcanza 305 metros de altura, todo un record para el hemisferio sur. Pero no me fue fácil llegar hasta allí.

Tras el ataque aéreo del once de septiembre a Nueva York, pero sobre todo tras los atentados del once de marzo de 2004 en Madrid, el recelo se ha apoderado de la ciudad; El actual gobierno australiano, al igual que el anterior gobierno español del PP, apoya la actuación norteamericana en Irak, las amenazas de los radicales islámicos son directas y el recuerdo del atentado en la isla indonesia de Bali, donde murieron decenas de ciudadanos australianos, está aún muy presente. ¿Y qué mejor lugar que Sydney para un atentado?

En el kilómetro escaso que hay entre Circular Quay y la AMP Tower y que discurre por el corazón financiero y comercial de la ciudad observé cantidad de policías y rangers urbanos atentos a todo quisqui. Y yo fui uno de esos quisquis. Puede que hiciera demasiadas fotos, puede que una toma a la terraza de un hotel exclusivo fuera el desencadenante de un severo registro, de un montón de preguntas que soporté con paciencia hasta que me dejaron marchar.

Y en la AMP Tower no me fue mejor. Un control intenso a la entrada y otro similar para acceder a los ascensores que en cuarenta segundos te llevan hasta la planta de observación. Los guardias de seguridad no asomaron una sola sonrisa, todos ellos eran de raza blanca, todos parecían decirme ¿Qué demonios haces aquí, de dónde vienes y qué son todas estas cámaras y esta libreta con notas? No les debió quedar claro que era un reportero, incluso con carnés de prensa que enseñé al instante, además del pasaporte casi en los dientes. Tuve que descalzarme, me cachearon con precisión y mi mochila con el equipo fotográfico fue inspeccionada manualmente. I´m a freelance photojournalist, les dije marcando el mejor acento blanco y anglosajón del que fui capaz. Al final me permitieron la entrada. Durante toda mi visita tuve una discreta sombra a mi espalda, pero no intervino en ningún momento y pude trabajar sin problemas. 360 º de visión, el puerto y la bahía hasta el océano, los parques, el vértigo de los rascacielos, el tráfico, los peatones, la ciudad expandiéndose con fuerza hacia el sur.

Para acabar mi visita y calmar la sed, pagué a precio de gran reserva una botella de agua y charlé con la camarera. Era nacida en China, llevaba en la ciudad dos años y medio. Me dijo que no tenía miedo de trabajar en la torre aunque esperaba dejar pronto ese trabajo. Su novio, chileno, había conseguido un trabajo en una factoría de Perth y se mudarían allí, al otro lado del país. ¿Te gusta Sydney? Le pregunté. Ella se encogió de hombros. Creo que le daba igual, sólo andaba buscando un poco de estabilidad. Puede que Sydney tenga mucho de estación de paso, un gran punto de encuentro para todo el Pacífico y gran parte de Asia y América.

Sydney. Australia. 2004 WU PHOTO © Willy Uribe

Del aquarium de Darling Harbour a la fauna de King Cross.

Un aquarium siempre es un lugar atractivo, no abundan y acostumbran a estar en perfectas condiciones. En Sydney todo lo relacionado con la conservación del medio ambiente es tratado con mucho tacto. Ellos saben muy bien que, sobre todo, un acuario es un lugar de aprendizaje. 150 metros de túneles submarinos, réplicas de la Gran Barrera de Arrecifes, más de 11.000 ejemplares pertenecientes a 650 especies y  frecuentes exposiciones didácticas le convierten en un referente para la enseñanza y para otros acuarios.

Frente al aquarium, en el corazón de la bahía, se encuentra el Museo Marítimo Nacional, una especie de museo de historia, porque si Australia todo se lo debe al mar, Sydney todo se lo debe a su espectacular bahía. Es un lugar ideal para aprender la historia de los viajes de exploración por el Pacífico, de la llegada de los primeros reclusos, de las continuas oleadas de inmigrantes y de la aparición de los deportes acuáticos, algo en lo que los australianos han demostrado ser verdaderos maestros.

Antes de dejar Darling Harbour, un área urbana ganada a los diques de grano y carbón y donde se encuentran el Museo Marítimo y el Aquarium, se puede visitar el Jardín Chino de la Amistad, un pequeño espacio capaz de reunir todos los tópicos de los jardines chinos y donde la sensación, en vez de misticismo oriental, es de falsete.

Por la calle Liverpool llegamos a Hyde Park, un antiguo hipódromo reconvertido en parque, encajonado entre edificios y que envidia al cercano Jardín Botánico, una enorme extensión de treinta hectáreas que llega hasta la orilla de la bahía. En Hyde Park encontré lo acostumbrado en los parques urbanos; Gente sesteando a la sombra, una cuadrilla de mimos callejeros, un par de acuarelistas, una gran fuente neoclásica y los omnipresentes barrenderos, activos las veinticuatro horas y nunca de raza blanca.

Dejando a un lado la Catedral católica de Santa María, donde se halla un delicado homenaje a las mujeres muertas en las hambrunas de Irlanda (gran parte de los presos y primeros colonos llegados a Sydney eran irlandeses), no hay más que bajar por William Street y en menos de un kilómetro entrar en King Cross un barrio que arrastra una densa historia de marginalidad y que va reconvirtiéndose gracias a la llegada de población joven. Aun así hay que andar con cuidado. Viejos y nuevos yonquis, viejas y nuevas prostitutas y mucho buscavidas se mezclan con decenas de turistas, orientales en su mayoría, muy inocentes casi todos. Hice algunas fotos con disimulo, un chulo vigilaba la entrada de un burdel, puede que me viera, puede que no, en todo caso comenzó a acercarse y yo, sobresaltado, emprendí una ligera retirada hasta una pareja de rangers que se pateaban la calle con tranquilidad. Les pregunté alguna tontería hasta que el chulo pasó de largo sin fijarse en mí.

Para tranquilizarme un poco y calmar el hambre entré en una hamburguesería. La carta prometía hamburguesas alemanas y la camarera decía ser alemana de nacimiento. Hace demasiado frío en Alemania. Mi tío puso el negocio y yo me vine para aquí hace tres años, me dijo con un acento que no era australiano ¿Está bien el barrio? Le pregunté. Es divertido, me dijo, aunque todos los liantes de la ciudad se empeñen en venir aquí para buscarse la vida. También me comentó que había sufrido tres atracos en sus tres años de trabajo en la hamburguesería, pero le quitó importancia porque lo que ocurría era que el atracador, el mismo las tres ocasiones, se había encaprichado de ella. ¿Y no tienes miedo a que vuelva? Le pregunté. Le tiraron del país, me respondió Cumplió una condena de tres años y después le devolvieron para Bangla Desh, de donde había venido.

No recuerdo cómo se llamaba la camarera, pero bien podía llamarse Sydney; era bella, de origen europeo y, aunque atrajo, atrae y atraerá a los inmigrantes, sus fronteras cada día  son más inaccesibles.

Texto y fotografías realizadas en marzo de 2004

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