Cocinando en Atacama

Cocinando en el desierto de Atacama. Chile.

Me gusta el desierto. Así, en singular. Me gusta porque es un lugar donde no encuentras a muchos de tus semejantes, sino solamente a unos pocos. La gente que vive en el desierto, al contrario de lo que pueda parecer en un primer vistazo, es amable y solidaria. Y como estamos en la época en la que estamos, el desierto ya no es ese lugar romántico que nos describen algunos novelistas y aventureros del siglo XIX. En el desierto, dicho de otro modo, puedes encontrar todo lo que necesitas no sólo para sobrevivir, sino para vivir a gusto. Desde luego, y por fortuna, los spas no son algo necesario. Tampoco los centros comerciales ni el último estreno de Hollywood.

Uno de los aspectos que más me atraen del desierto es lo bien que se come. ¿Langostas al churrasco? Una delicia. Y no digáis lo contrario hasta que no las hayáis probado. ¿Legumbres? Se plantan en los oasis. ¿Frutas? También. ¿Verduras? Lo mismo. ¿Carne? La de cabra y camello es buena. ¿Pescado fresco? No, eso no, pero el bacalao aguanta lo que le echen y se desala en un santiamén.

En el desierto, lo que abunda, sobre todo, es el tiempo. Tiempo para leer, pensar, hablar, recordar, reír, imaginar… y cocinar. Lentejas, por ejemplo, una de mis especialidades. Si quieres las comes y si no, las dejas. Yo prefiero que las dejes, de ese modo me como la cazuela entera. En estas fotos, tomadas en la costa del desierto de Atacama, son lentejas con abundante verdura lo que se cuece. Fuego de leña y calma. Si hay suerte, un poco de vino. Y conversación. Para eso inventamos los fogones. ¿Para qué si no?

Cocinando en el desierto de Atacama. Chile.

Cocinando en el desierto de Atacama. Chile.

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