La panadera del Gótico

Javier E. Sierra. Memoria moderna.

Javier E. Sierra - Memoria Moderna

Se llamaba Marta, tenía treinta y dos años y trabajaba en una panadería del Gótico. Decía que hacía mucho tiempo no cruzaba más allá de la Gran Vía porque los barrios altos eran eso, altos, y las alturas no le interesaban. Era más de la tierra, a ras del suelo. Además, el mar significaba mucho para ella. Nació en Sabiñánigo y vivió años en Jaca, la pobre. Su plan vital era ahorrar lo suficiente para instalarse en Brasil, donde abriría un hostal para mochileros de pelo rubio, que son los que tienen padres ricos.

¿Qué cómo sé todo eso? ¡Pues porque ella me lo dijo! Lo hacía constantemente. Siempre en mi interior poniéndome al tanto de su vida. Que sea un desdichado esquizofrénico no significa que no sepa desplegar mis limitados encantos cuando la ocasión lo solicita. Y las tetas de Marta lo estaban solicitando a gritos. Dos magníficas colinas espolvoreadas de harina que se movían con soltura entre barras de pan caliente. Le daba todo el palique posible. Trataba de no babear.

–          Quiero ir contigo, Marta – le dije.

–          ¿A dónde?

–          A Brasil, claro.

–          Ni loca.

La muy jodida. Ni loca, dijo. Podía haber escogido cualquier otro término, pero su subconsciente le hizo resbalar. Sí, fue un resbalón. Ni loca. Gran error decirle eso a un loco que suspira por tu cuerpo y compra el cuádruple de pan que necesita con tal de estar cerca de ti… de ti, Marta la panadera del Gótico. ¡Cómo me gustaría poder mandarte estas líneas a ese hostal para hipsters que jamás inaugurarás!

–          ¿Y por qué no voy a ir contigo?

–          Porque… porque… porque es algo que quiero hacer yo sola… ¡pero qué digo! ¡Si no te conozco casi de nada! ¿Tú estás majara o qué te pasa?

–          Sé hacer mojitos.

–          ¿Mojitos? ¿Pero qué dices?

Sí, joder, sí, mojitos, Marta. Primero me llamaste loco, después te reíste de mi ignorancia.

–          Me voy a Brasil, no a Cuba, colega.

Colega. Así remataste la burla. ¿Colega de una mujer que se parte el culo en cuanto apareces? Vi con claridad el codazo burlón que le metió su compañera cuando regresé a la panadería al día siguiente a mi propuesta.

–          Quiero mil y una barras de pan.

–          ¿Mil y una? – repitió ella.

–          Las mil primeras las tiraré a la basura y la restante te la tragarás entera como no me dejes acompañarte a Brasil.

Guardó silencio durante unos segundos. Después, me dijo que dudaba entre llamar a la policía para denunciar una agresión sexual o aconsejarme que me largara de allí echando leches. Ante mi falta de respuesta, empuñó el teléfono.

–          ¿De verdad vas a llamar? ¿Y qué les vas a decir?

–          Que acabas de amenazarme con…

–          ¿Con invitarte a un bocata?

–          ¿Tú estás loco o qué coño te pasa?

Dio un grito de socorro y del horno salieron dos hombres a los que jamás había visto. Me largué de allí lo más rápido que pude y no regresé jamás. Marta tampoco lo hizo. Elaborar y vender pan debería ser un empleo para personas nobles, honestas y con las manos limpias. Marta no lo era. No lo fue conmigo. ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Por tres veces me lo escupió a la cara. Buscaba mochileros rubitos y no soportaba esquizofrénicos de Hospitalet. Esa era la clave. Marta la panadera era una estrecha de cojones que soñaba con príncipes azules de buen pasaporte y mejor familia. ¿Me dijo que vivía en Poble Sec? Era mentira. ¿Que tenía una bici roja? Mentira. ¿Qué vivía sola? Mentira. ¿Qué le gustaba Neil Young? Puta mentira una tras otra. Tantas que acabé dudando de la realidad de Marta la panadera. ¿Exististe, chiquilla?

–          ¿Existes? – le pregunté una noche, en el interior de un portal del barrio de Sant Gervasi, tras martillar su cabeza y su absurdo sueño brasileño.

Lo último que hizo aquella mujer fue preguntar quién era yo. Por fortuna, el que segundos después muriera me permitió no responder a esa pregunta envenenada.

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Willy Uribe. Abril 2013

Javier E. Sierra. Memoria moderna

Comments

  1. Wao, me gusto ese final, fue como una caída libre sospechada pero no prevista

  2. Gran personaje este Javier E. Sierra. Gracias por escribir

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