Matar a la reina

Javier E. Sierra. Memoria moderna.

Javier E. Sierra - Memoria Moderna

Con la cascada de insultos y huevos que le cayeron encima, la mujer no tuvo dónde guarecerse y la pusieron hecha un cristo. Creo que inauguraba algo. Había unos cuantos guardaespaldas, pero lo único que hicieron fue recibir más huevazos que ella. Cuando llegaron los antidisturbios, allí solo quedaban las cáscaras.

–          Ha sido una acción cojonuda – dijo el tipo que me enseñaba toda lo movida en un ordenador portable con internet.

–          Ya lo creo. Ahí ha caído lo menos toda la producción ovárica de Bangladesh.

–          Habrá más, no lo dudes. Acciones rápidas, no violentas pero humillantes. Que les recuerden que están de más y son un obstáculo.

–          Pon la tele y hazte un canuto – le dije.

–          ¿Para qué? ¿Quieres oír propaganda o qué coño?

–          Pon la puta tele o te parto la nuca, imbécil.

Como sabían que era esquizo, cualquier amenaza valía para conseguir lo que deseaba. La consecuencia lógica era que todo dios me esquivaba. Aunque por aquel tiempo aún conservaba media docena de conocidos que por piedad o por estupidez me daban coba. Este en concreto era un imbécil de la calle Llançà que plantaba y vendía una marihuana que nada tenía que envidiar a una dosis amable de LSD. El muy hijo de puta sabía cómo tratar las plantas, pero era un cafre en las relaciones personales.

–          Rula uno bien gordo.

Lo sabía. En el canal estatal aparecía ella soltando un discurso. Con un par, a fondo neutro y sin filigranas. Sola ante la cámara. El problema era que no se le entendía ni ostias.

–          ¿Qué coño dice? – pregunté.

–          No lo sé.

–          Pon más alto.

No había manera. No se le entendía.

–          Tiene algo en la boca, de fijo – dije.

–          Puede que al casarse con un Borbón, que tampoco largan muy fino, se le haya pegado la lengua al paladar a algo así. O quién sabe si algo en el frenillo.

–          ¿De dónde es esta tipa?

–          Espera, que lo miro en el Google – respondió mi colega.

Agucé el oído tratando de cazar alguna frase con sentido, pero lo único que logré fue verla llorar al punto de acabar su discurso y después, tras recuperarse un poco, encarar la cámara en un primer plano que trataba de reflejar firmeza sin lograr otra cosa que debilidad. Seguido apareció una bandera de España y un consejo publicitario del Corte Inglés.

–          Es griega.

–          ¿Griega? ¡No jodas! – exclamé, realmente sorprendido.

–          Seguro. Lo pone en la wiki.

–          ¿Y qué coño hace aquí? – pregunté.

–          Pues que va a hacer, colega, ponerse ciega a marisco con el sudor de nuestro trabajo.

Hice un rápido repaso didáctico en mi interior. Los griegos, así en principio, son buena gente. Fueron los primeros en ver a los Dioses como dibujillos de Walt Disney. Luego todo eso de la democracia y el teatro. Sin olvidar a Platón, Sócrates y el gran Epicuro, joder, grandes tipos. Entonces, ¿por qué este desfás con esta mujer?

–          No me gusta – sentencié -.No me gusta una mierda.

–          A ti y a cientos de miles más, colegas.

–          Voy a matarla.

El tipo se atragantó con la calada al petardo y comenzó a toser compulsivamente. Joder, en medio minuto se puso colorado a reventar.  Le quité el canuto y lo esquilmé en tres caladas. Cuando el hombre recuperó la respiración y se limpió las babas de la boca dijo que estaba loco. Dijo eso y la cagó.

–          ¿Tienes un martillo por ahí? – le pregunté.

El muy imbécil me dijo dónde. También que le trajera otra birra de la nevera. Lo repito, quienes aún me aguantaban por aquellos primeros días de exaltación de mi esquizofrenia, o eran unos meapilas o unos ingenuos.

–          ¿Lo dices en serio? Contigo nunca se sabe, tío – preguntó mientras yo abría la caja de las herramientas -. Solo por pensar eso, los borbones pueden apañárselas con la CIA para enviarte a Guantánamo y que cien tíos de Texas te den por el orto todos los viernes. Estás loco, colega, no me cabe la menor duda. Loco como un grillo.

Se permitió el lujo de volver a llamarme loco dos veces más tan solo porque no anduve rápido. Pero la ofensa me hizo saltar hacia él como un chacal. El primer martillazo con la parte afilada le rompió la base del cráneo. El segundo, con la parte chata en la sien, lo mató del todo.

–          ¡Grandísimo hijo de puta! ¿No me crees capaz o qué cojones?

Revisé el piso y encontré una saca repleta de cogollos de marihuana. Lo menos cinco kilos. Era de noche y abandoné aquel piso tal y como entré, limpio, en silencio y entre las sombras, porque nadie con dos dedos de frente comunicaría a sus amigos que había quedado con Javier E. Sierra para venderle unos gramos de la marihuana más potente del mercado.

–          ¡Monarquías en el Ática! ¡Me cago en la puta! ¡Y además una mujer, joder, pero si los griegos eran misóginos, ostias!

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Willy Uribe. Agosto 2013

Javier E. Sierra. Memoria moderna

Comments

  1. Espeluznantemente morboso.

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