El Rey y no otro te la clavó

Javier E. Sierra. Memoria moderna.

Javier E. Sierra - Memoria Moderna

Me estaba poniendo chungo aquel discurso. No soporto que los cínicos, los caraduras y los disléxicos acaparen minutos en ningún lado, ni en el bar de la esquina ni en la puta tele, por mucho que sean el Rey de España o la madre que lo parió.

–          Apaga la puta tele, Matías – dije al dueño del local.

–          Mejor apagas tú la boca – respondió él, sin idea de cómo me llamaba.

–          Ese tío me pone de muy mala hostia, te lo advierto.

–          ¡Que me lo adviertes!

Era un inadaptado. Su única habilidad consistía en cascarse dieciséis horas al día tras la barra sin desprenderse de su jeta de ornitorrinco.

–          ¿Me estás amenazando la noche de Navidad?

–          ¿Hoy es Navidad?

–          ¿Pero tú en qué mundo vives?

No apagó la puta tele, sino que subió el volumen y la voz de Juan Carlos I de España llenó el bar como lo haría una piara de veinte marranos, con el mismo tumulto y el mismo hedor, porque aunque estuviera dentro de una pantalla aquel hombre apestaba.

–          ¡Ese tío es pura canalla! – exclamé.

–          Ese hombre es el Rey de España y se le debe un respeto.

Sobre todas las cosas, Matías amaba el momento de hacer caja. Supongo que su devoción al beneficio le llevaba a mostrar respeto a personas como aquella.

–          Además, es un hombre mayor.

–          ¿Mayor? Ese tío está muerto. ¿No lo ves? Si no puede ni hablar.

–          Puede hablar, pero como tú no paras de insultarle yo no me entero de lo que dice. ¿Tengo que echarte de mi bar?

Echarme del bar, así dijo, pero yo continué expresando mi opinión sobre aquel tipo.

–          Rey de España y señor de Botswana. Se ha jincado a todas las que se le han puesto a tiro. Y tanto que dice sufrir por los jóvenes sin trabajo. ¡Venga, Matías! Ese pavo es descendiente de Alfonso XIII y Fernando VII.

–          Aun así se le debe un respeto.

–          Lo que debemos hacer es empaquetarlo para Qatar o por ahí, con sus colegas árabes, puede que con suerte le den por el culo un par de tribus de beduinos… y te digo más, compañero Matías…

–          ¿Compañero? ¿Compañero tuyo, majara de mierda?

Ya la jodió Matías. ¡Qué delgada y qué birria es la línea que separa el caos de la razón! Una sola palabra puede desencadenar un torbellino: majara, zumbao, jarto, las maracas de Machín y el pulso que me pega un acelerón. ¿Navidad? ¿Para qué sacrificar a un cerdo lejano si tenía otro cerdo al alcance de la mano? ¿Qué no era el Rey? Vale, pero el muy imbécil se atrevió a insultarme del mismo modo que lo hace el Borbón cada vez que abre la boca.

–          Creo que es hora de irse – dije.

Matías, con los brazos tensos sobre la barra, encajando una expresión jodida de describir por lo desagradable, respondió que era lo mejor y vino hasta mí para tomarme por un brazo. Su intención era tirarme a la calle, pero no era yo quien se iba, sino él, con dos cuchilladas en la barriga. Doce centímetros de filo a un lado y a otro. Lo senté en una silla y bajé las persianas del bar. Luego vacié la caja. Creo que aún vivía y que fue eso lo que lo remató, además de su respeto al Borbón. Este país está repleto de puercos y gallináceas de  muy variado plumaje, pero a mí no me engañan. A Javier E. Sierra no le engaña ni Dios y mucho menos, ¡muchísimo menos!, nadie que le llama majara puede salir indemne.

Cuando abandoné el bar, el Rey continuaba largando en la puta tele. Eché un último vistazo a Matías, ya todo vacío de sangre.

–          Ya sabes a quién debes pedir cuentas, compañero. El Rey y no otro te la clavó.


Willy Uribe. Octubre 2013

Javier E. Sierra. Memoria moderna