Todo muy desigual

Javier E. Sierra. Memoria moderna.

Javier E. Sierra - Memoria Moderna

Aquel día comenzó con un extraño toque con sabor a comedia y acabó del mismo modo, pero con sabor a tragedia. Ya en el rellano del primer piso la señora Rovira me dijo que se moría. La frase me desconcertó. Por mucha esquizofrenia asesina que albergue, también hay sitio en mi interior para la empatía hacia un puñado de mis semejantes. Mucho más si de cuando en cuando te ofrecen una fiambrera llena de lentejas con chorizo, o una bandeja de croquetas de jamón, o se ofrecen a lavarte la ropa. Y la señora Rovira lo hacía.

–       Me muero, Sierra, me muero.

Pero la mujer seguía en pie, sin morirse ni nada parecido. Yo no sabía si sujetarla o qué coño.

–       Que me han matado. Que me muero.

Ella decía que se moría y yo comenzaba a sentir el magma de mi inquietud. Le pregunté qué le sucedía y su respuesta fue tan enigmática que comencé a pensar que la señora Rovira había perdido el juicio.

–       Es Desigual – dijo.

Una injusticia. La señora Rovira va para los ochenta y cinco. ¿Qué cojones pasa en este mundo para que alguien se tome la libertad de chulear a una vieja de ochenta y cinco años?

–       Me roban y me matan.

Tras esa sentencia, la señora Rovira lanzó un suspiro y comenzó la ascensión hasta el quinto derecha. Por un momento estuve tentado de cagármela a la espalda y hacerle de sherpa hasta la puerta de su casa, pero la vieja debía pesar lo menos setenta kilos, así que me despedí diciéndole que no se preocupara, que todo se iba a arreglar, claro que sí, aunque no tuviera ni zorra idea del problema que la agobiaba de ese modo.

Salí a la calle y tiré hacia el Terranova para tomar un par de cervezas y ver a Jordi el Paletas porque me debía cincuenta euros, pero el Terranova tenía la persiana echada. Entré en el estanco y pregunté a Agustín si sabía algo.

–       Se acabó lo que se daba con el Terranova, Sierra. Van a poner una tienda de moda. Una de la cadena Desigual.

Al escuchar de nuevo esa palabra me puse en guardia y pedí a Agustín que me explicara un poco más.

–       Es muy fácil. El dueño del local recibe una oferta acojonante que el actual inquilino no puede igualar.

Quise ir un poco más allá y le pregunté qué relación podían tener la tal Desigual y la señora Rovira.

–       La señora Rovira abrió el Terranova y lo llevó hasta jubilarse, cuando lo realquiló. Pero el propietario del local es otro y no ha podido resistirse a la oferta de Desigual. La señora Rovira pierde, que yo sepa, el único ingreso regular que tiene. Una putada, Sierra, pero es el panorama general en el barrio. La jugada mercantil va de esa onda ahora.

¿Pero qué ondas ni que leches? A una señora de ochenta y cinco años hay que ofrecerle terreno liso. Desigual. Joder, y tanto, que la señora Rovira vive en un quinto sin ascensor.

Tras salir del estanco fui en busca de Jordi el Paletas. Lo encontré y me dio los cincuenta euros que me debía, así que como no tenía nada mejor que hacer, me los bebí con él en el Almirall de Joaquín Costa. Cuando salimos de allí, y como había chupado de lo lindo, me despedí del Paletas y di un paseo para tratar de despejarme un poco. También había fumado unos cuantos canutos, por lo que el blancazo fue inevitable. Busqué un callejón y eché una pota, después otra en algún otro lado. Mi cabeza era una puta espiral de colorines. Me apoyé en un escaparate y al mirar al interior pensé que en vez de ron y cerveza había bebido LSD: bajo una luz carcelaria, maniquíes y personas bailaban juntas en una palangana de macedonia. Me dio por pensar que era alguna película del Pato Donald dirigida por Tarantino y tuve que dar unos pasos hacia atrás para contemplar la escena en su conjunto. Entonces fue cuando vi el rótulo de la tienda: Desigual.

Extraño comienzo de día y extraño final. Puede que fuera debido a mi debilidad, o a que de haber entrado a repartir hostias habría confundido personas con maniquíes, el caso es que me abstuve de ejercitar la venganza y corrí hacia mi casa para subir hecho una mierda hasta el quinto piso y tocar al timbre de La señora Rovira. La falta de respuesta me llevó a sentir una angustia terrible por la suerte de mi vecina. Quise bajar a la calle y buscarla porque necesitaba saberla viva, pero el vértigo se apoderó de mí hasta dejarme seco sobre el felpudo.

Fue ella quien me despertó un par de horas después, cuando salió para echar la basura. La vieja estuvo allí dentro todo el tiempo y eso me enfureció. Quise levantarme al mismo tiempo que ella cruzaba el dintel de la puerta, lo que provocó un tropezón y la consiguiente caída de la señora Rovira por las escaleras. Sin un solo grito llegó rodando hasta el rellano que había entre el cuarto y el quinto piso y allí se quedó, muerta como una piedra y con todos sus problemas liquidados para siempre.

Extraño comienzo y extraño final de día. Con un resultado absurdo y desigual.


Willy Uribe. Mayo 2014

Javier E. Sierra. Memoria moderna