Playa de Castell

Era un gran país la playa de Castell en la época de mi adolescencia. Era un juego maravilloso e inacabable de los elementos primarios: la tierra, el mar, el cielo, el viento…

Playa de Castell. Girona. Costa Brava. WU PHOTO © Willy Uribe

Conozco la playa de Castell desde hace muchos años, desde antes del turismo, cuando había dos o tres jábegas y los payeses de Montrás y de Vall-llobrega acudían a ella después de la trilla, con sus grandes carros con tienda, a comerse un carnero asado. Nosotros íbamos a Castell desde Calella, por la tarde, en verano, a tirar las redes del boliche. Las lubinas son de captura difícil. Aprisionadas en la bolsa de un arrastre, se entierran en la arena y sacan un ojo vivaracho. Cuando la red ha pasado por encima de la arena que las cubre se desembarazan de ella con un movimiento brusco y nadan con voluptuosidad. Pasábamos la tarde a la sombra de una barca, sombra fresquísima bajo el sol de agosto y la luz rutilante. El viento de garbí llenaba el mar azulado de pequeños tritones de espuma blanca de la que el sol sacaba como un chisporroteo de gloria de plata. Tengo de Castell ese recuerdo del paso del lebeche ligeramente salado sobre la piel morena, el deslumbramiento de los ojos ante el mar azul y la espuma blanca y una sensación de pereza profunda, casi divina, sentida a la sombra de la barca. Se veía pasar una vela, aparecía un bergantín en el horizonte, el humo de un vapor flotaba un momento entre el cielo y la tierra y se deshacía en la inmensidad… Pasaba también una nubecilla blanca y grácil. La tarde iba girando; la sombra de la barca se alargaba; el sol doraba las piedras de la torre de Mas Juny y de San Esteve de Mar. A poniente, sobre los montes de de las Gabarras, se formaba una atmósfera de luminosidad mate que el sol incendiaba. La caída de la ola sobre la arena de la playa, persistente, infatigable, sonaba como una canción larga y monótona que al atardecer se hacía más dulce y más vaga. La arena, que en las primeras horas de la tarde tenía una incandescencia rosada, iba tomando un color de marfil, como de paja dorada. Al filo del atardecer, el lebeche ponía un velo sutil de humedad sobre el perfil de las cosas, que se imprecisaban. El azul del mar se obscurecía, el blanco de la espuma perdía su destello de plata, el aire sombreaba… Volvía a pasar una vela, aparecía en el horizonte otro bergantín, el humo de un vapor lejano se perdía, remoto, entre el cielo y el mar… Pasaba una nube mayor, más agrisada. La tarde entraba en una agonía vasta, tranquila, ilimitada… Era un gran país la playa de Castell en la época de mi adolescencia. Era un juego maravilloso e inacabable de los elementos primarios: la tierra, el mar, el cielo, el viento…

Josep Pla. Guía de la Costa Brava.

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