Cala Estreta

Este engolfarse en la imaginación flotante e incierta, teniendo abiertos todos los sentidos – oliendo la resina de los pinos y el salobre del mar, viendo con los ojos deslumbrados y sintiendo en los oídos el rumor sordo y lejano de las olas -, lo hemos experimentado en muchos parajes de la costa, pero en Cala Estreta este estado de ocio contemplativo nos parece ligado con un paisaje de auténtica pureza musical.

Cala Estreta. Girona. Costa Brava. WU PHOTO © Willy Uribe

El agua nos parecía en Cala Estreta más pura que en cualquier otra parte, la arena más limpia, el recogimiento más seguro, los pinos más olorosos, la libertad más auténtica, la soledad menos dramática. Era quizá que la vaguedad de las sensaciones de adolescencia, por el hecho de estar encuadradas en un paisaje muy limitado, eran casi de felicidad, tendían a la estabilidad máxima. Roques d’Ase nos daba la sensación física de guardarnos las espaldas; la entrada de la cala era una minúscula boca; después se ensanchaba un poco y el agua mansa moría sobre dos curvas de arena cándida separadas por una roca; tenía uno la sensación de encontrarse en plena mar y al mismo tiempo separado de la angustia del horizonte incierto y lejano por el muro de la boca de la cala. Así uno tenía ante la vista un pequeño espejo de agua; a veces saltaba sobre ella un pescado que el sol tocaba dando un destello brillante. La playa misma está por su parte cercada de un pequeño talud de arenisca clara rosada que resguarda del viento y parece dar al aire un punto de claridad en calma. Sobre el talud se ve una viña que pone una nota de orden y de civilización sobre el bosque. Una barca pitada de colores elementales – rojo, blanco y un hilo de pintura azul en la orla -, con el palo, la vela y las antenas y el cordaje, amuebla la cala…

Josep Pla. Guía de la Costa Brava.