Aguirre miente – Ciudad Bilboa

De Bilbo - Bilbao... Ciudad Bilboa. Relatos. Willy Uribe, 1998.

Angel Aguirre, de cuarenta años, se encontró con Luis Ortiz, de la misma edad, en la fuente de los Jardines de Albia. Luis Ortiz estaba hecho una mierda y arrastraba un carrito. No se sabía quien sufría más con Luis Ortiz, si los que se encontraban con él o él mismo. Debe resultar difícil ser vagabundo y borracho en la ciudad donde siempre has vivido.

– Déjame mil pelas Aguirre.

– Te las gastarás en vinos.

– Por supuesto, es mi profesión.

Le dio cien pesetas. Antes miró a su alrededor.

– Te he pedido mil pelas, no cien.

No supo qué decir.

– ¿Estás casado?

– No.

– Eres un mentiroso Aguirre.

No tenía porqué aguantar aquello.

– Bueno, si, me casé hace tres años.

– ¿Y qué más mentiras tienes?

Se miraban. Luis Ortiz guardó las cien pesetas en el bolsillo.

– ¿Cómo te ganas la vida Aguirre?

– Trabajo en Iberdrola.

– Tu aita consiguió enchufarte ¿eh?

Angel Aguirre se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Luis Ortiz no era más que una mierda. Lo sabía toda la ciudad.

– Tu mujer se llama Begoña y me la tiré un par de veces hace años.

Angel Aguirre se paró en seco. Luis Ortiz era un hombre corpulento y tras la mugre escondía una belleza que muchos conocieron hace años. Se giró lentamente.

– No sabes lo que dices.

– Estaba bien buena.

– Retira eso que has dicho.

– Begoña Lekuona.

– Te voy a partir la cara.

– Recuerdo el lunar que tenía junto a los pelitos del coño.

Angel Aguirre debía haber ejecutado la amenaza. Le hubiera ido mejor descargar allí la rabia, aun saliendo peor parado, y no marcharse confundido en busca de una copa hacia el Iruña.

– ¡Y unas buenas tetas! – gritó Luis Ortiz moviendo su brazo con energía.

Las cien pesetas golpearon en la espalda de Aguirre, pero no se volvió. Se agachó y las recogió. Le servirían para llamar a Begoña. Se acercó a la barra y pidió un Martini. Le temblaban las manos al descolgar el teléfono. Metió la moneda pero la sacó. Eso no se podía aclarar por teléfono. Apuró el Martini, salió del café y se dirigió a su casa. Estaba cerca. En el trabajo podría justificarlo de cualquier modo, un mareo por ejemplo, casi un desmayo. Podría ir al médico y coger una baja de dos o tres días. Llegó al portal pero no tenía las llaves. Tocó al automático. Begoña debía estar en casa pero tardaba en responder. ¿Qué diría de Luis Ortiz? ¿Por qué no le había contado nada de eso? Tocó un par de veces más. ¿Y qué más mentiras guardas? Un hombre bajó por las escaleras y abrió la puerta. Vestía traje azul y corbata y parecía sofocado. Dio los buenos días y se alejó. Angel Aguirre no contestó. El hombre llevaba suelto un cordón del zapato. Al poco se acercó a una barandilla, apoyó el pie y se ató el cordón. Luego giró su cabeza y, sonriendo, miró a Angel Aguirre.

Begoña contestó por fin.

– ¿Sí?

– Soy Angel.

Subió corriendo las escaleras. La puerta estaba abierta.

– ¿Begoña?

– ¡Estoy en la cama!

Fue allí y la encontró sofocada.

– Me ha dado un mareo, casi un desmayo. Acabo de llamar al médico.

Angel Aguirre se olvidó de las preguntas y volvió al trabajo. De vuelta por los Jardines de Albia volvió a encontrarse con Luis Ortiz. Sacó la cartera y le dio mil duros. De haber tenido más se lo hubiera dado todo.

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Del libro de relatos Ciudad Bilboa. Willy Uribe, 1998.

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