¡Treinta años!

Este fue un hombre que no nació. Lo parieron dos manos ajenas que encontraron a su madre entre la chatarra de un mal adelantamiento. Seis meses llevaba en ese momento en aquel vientre tan acogedor. Ella murió en el acto, pero el buen samaritano que allí se encontraba no pudo dejar que algo tan maravilloso como una vida se pudriera lentamente en una placenta estéril.

Después, sin un cómo ni un por qué, apareció en la fría cama de una habitación que no vería la luz en treinta años. Justo el día en que encontró la cuerda de la persiana.

Lo amamantaban dos pechos invisibles, y estos le satisfacían tanto que jamás tuvo necesidad biológica alguna.

Treinta años tendido en la misma posición, durmiendo el tiempo justo, que ignoraba cuál era porque allí no había tiempo. Tan sólo un cerebro que pensaba y pensaba, y un cuerpo que esperaba.

Jamás vio cómo era éste, pero dominaba de tal manera a su mente que lo conocía milímetro a milímetro. Paseaba por sí mismo escrutándose entero, desde el dedo gordo de su pie izquierdo, que era el más largo, hasta su coronilla, pasando por el otro pie, las rodillas, muslos, pene, ombligo, brazos, clavícula y nariz.

Era capaz de pinchar mentalmente cualquier parte de su cuerpo y de recorrerlo con calambres zigzagueantes.

Lo único que jamás pudo controlar fueron sus constantes parpadeos cada vez que oía el ruido de un automóvil, aunque él, por supuesto, nunca vio uno. Se preguntaba qué sería aquel extraño ronroneo acompañado, a veces, por agudos pitidos. Pero, ¿cómo iba a saberlo si jamás entró nadie en esa habitación? Aunque, ciertamente, él nunca pensó que fuera a llegar alguien, porque no sabía de nadie ni de nada. Él estaba allí y no se preocupó de saber la causa. Le importaba el futuro, no el pasado. Por eso se levantó, sorprendiéndose a sí mismo, ya que no sabía de otra posición que no fuera la de tendido. Nunca  había caminado y no le costó en absoluto.

Mientras palpaba las paredes, se preguntaba qué sería aquello tan duro y si tendría algo que ver con los ruidos que le hacían parpadear.

Se entretuvo con la pared hasta que encontró la ventana. La recorrió hasta dar con el picaporte y, cuando descubrió cómo se utilizaba, cubrió dos días de tiempo terrestre desde que se levantara, porque jamás había palpado una pared ni manejado un picaporte.

Ahora era la persiana la que se le ponía en medio. Siguió intentándolo porque algo le decía que allí estaba la solución a su parpadeo.

Darse cuenta de que la persiana se levantaba con una cuerda situada a un lado de la ventana le llevó dos días más. Y cuando tiró de la cuerda y vio la causa de su parpadeo, comprobó con qué velocidad cambia el ritmo de la vida, ya que tanto parpadearon sus párpados que los ojos se le desgastaron y murió allí mismo desangrado.

–          ¡Treinta años, para mí los quisiera vivos! – dijo el enterrador, echando tierra al foso.

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Cuentos Revueltos, de Willy Uribe (Colecciones del Taller de Escritura de Algorta, 1986. Imprenta Amado. Bilbao).¡Treinta años! Relato perteneciente al libro Cuentos Revueltos (Colecciones del Taller de Escritura de Algorta, 1986. Imprenta Amado. Bilbao).

Comments

  1. 20 tacos… y ya hacías estas cosas…
    Veo que estaba ahí ya “el ojo inquieto que lo mira todo”.